En
una ciudad tan llena de historia y de historias como lo es Roma, uno esperaría
que el tiempo se detuviera. Que la realidad se alterara por unos momentos para
sumergirse en esa urbe cuyos edificios inspiran esa nostalgia del pasado en
cada ladrillo. Transitar por las empedradas y angostas calles en donde el
efímero encuentro con cualquier extraño puede significar el punto de giro total
en la vida de un individuo; donde el estar perdido puede al mismo tiempo
significar el hecho de encontrar lo que en realidad faltaba en la vida. Pero aún
así, esta fantástica ciudad es una como cualquier otra: con calles, autos,
edificios, ciudadanos que viven el día a día en su cotidianidad y que no
importa qué tan impactante pueda ser el tránsito por cualquier lugar del mundo,
transformándose al mismo tiempo en una metáfora del mismo, siempre se vuelve a
esa monotonía y crudeza que caracteriza la existencia misma.
Con esta
historia coral en la que las situaciones fuera de lo común que limitan con lo
mágico hacen parte de su unidad en general y algunos guiños a lo ridículo y
arbitrario que puede llegar a ser el mundo del espectáculo contemporáneo, Woody
Allen termina de clavar los pies sobre la tierra y después de su amena
reflexión sobre la inutilidad “moral” de la nostalgia de un pasado no vivido
con “Midnight in Paris”, ya no es tanto una fantasía hacia el pasado, sino más
bien hacia el futuro lo que ocupa la historia. Esta película carga a sus
personajes con las mismas motivaciones y el desenlace, de alguna manera, parece
ser el mismo, pero todo esto está intercalado con situaciones bastante
curiosas, su humor sarcástico bastante característico y una alteración del
tiempo de línea argumental a otra en la que se exponen diferentes miradas sobre
el tema que se enmarca en el relato. La gran motivación que impulsa la mayoría
de los relatos es el deseo desenfrenado y al mismo tiempo cohibido de probar
algo nuevo ya sea voluntario o por efectos del azar; de la aventura y esa lucha
constante que se manifiesta literal y gráficamente aquí, con el subconsciente y
el temor a la incertidumbre.
Son cuatro
historias que representan universos muy distintos entre sí pero que al mismo
tiempo enmarcan ese mismo deseo por lo nuevo y esa amarga sorpresa de que a
veces por más grandes que sean las expectativas que se tengan, la realidad
termina siendo otra, o no otra, sino la misma con la que se llegó a esa
fantasía caprichosa. La aspiración por querer seguir en el mundo laboral a
pesar de la edad, la aparente inconformidad sentimental que puede llegar a
despertar una relación, el despertar emocional de una pareja moldeada en todos
los estereotipos y la más extraña de todas que representa en todo su haber el
realismo mágico en la obra de este director, la repentina e injustificada fama
de un ciudadano común de la cita eterna.
Como
ha sido constante en muchas de sus otras películas y como lo indica el título
de ésta, Woody Allen hace de la ciudad un escenario vivo que cobra suma
importancia tanto literal como metafóricamente en muchas de las situaciones
enmarcadas en el relato. En una es el reencuentro mágico-real de un personaje
con su pasado y en la otra es la ciudad que se devora al individuo y que junto con
sus habitantes, lo llevan hacia otra dirección que transforma su vida pero que
como lo indica la idea transmitida con esta historia, ese sueño de verano en la
ciudad eterna, al igual que el de el resto de participantes de este juego de
azares y decepciones, se estrella con la fuerte muralla realista de que las
cosas nunca son tan buenas, aunque así lo parezcan.
Otra
cosa característica y sobresaliente que se mantiene firme en cada obra del
señor Allen es la solidez de sus guiones y la continuidad semántica de todas
las situaciones que componen sus películas. En esta ocasión puede observarse
cómo la construcción de una de las líneas argumentales, la de las familias de
la pareja a casarse, es muy integral y que soporta todo el peso del verdadero
enfoque de ésta que se alía con el de las otras.
El hecho
de que haya sido una historia contada desde perspectivas tan disímiles ayuda a
enfatizar más la idea y al mismo tiempo, la carga de un dinamismo que le da
mayor versatilidad y variabilidad al tipo de situaciones que se desarrollan a
lo largo de la historia y no la vuelven una monótona y repetitiva, algo con lo
que Woody Allen nunca ha tenido problema pues si bien sus historias tienden a
ser de un solo protagonista, aquí la pluralidad fue la clave de la efectividad
y la fuerza con la que se concretaron las ideas y en sus demás historias ese
solo personaje la comanda para simbolizar en sí mismo, muchos otros
sentimientos.
La gran
metáfora de la vida que es el cine se evidencia en su máxima expresión en la
historia de Leopoldo. Aquí hay una crítica directa a esa condición humana del
hambre por tener una celebridad en la mira de todos, no importa quién sea ni
qué haya hecho. Y por supuesto, el sello de su autor no podría faltar, además
de revivir al neurótico alter ego, Woody nos conmueve con la humanidad que se
esconde tras el canto en una ducha y la magnifica al nivel de la ópera.
Ese
deseo humano impulsado por la insatisfacción del presente y el hecho de siempre
querer lo que no se posee, combinado con algo de terquedad y tonta
perseverancia, es lo que envuelve a estos personajes que se embarcan en una
aventura personal hacia los riesgos (otro de los énfasis de la historia), y
terminan enfrentándose con la crudeza de sus fantasías y lo cálida y segura que
puede llegar a ser su propia realidad. Algunos con más impacto que otros pero
al final y con mucha poética y cierto optimismo, se cierra una historia de decepciones
pero que no decepciona, pues la sutileza y efectividad con la que son contadas,
hacen que ese ser realista que emerge después de un golpe con mucha más fuerza
y decisión, sea más vistoso y con los sentidos mejor puestos.