Tratando de entender el mundo en imágenes móviles.

lunes, 20 de febrero de 2023

"Babylon", o lo inconmensurable del cine


Un actor consolidado y en la cumbre de su carrera conversa con una periodista de espectáculos sobre cómo darle un nuevo aire a su profesión y a ese ser que le vende a una audiencia que recurre a las salas de cine a escapar de sus miserables vidas. Dentro de un ir y venir de razones y reflexiones, la periodista que vive por y para el chisme, reconoce, en un sorprendente salto a la trascendencia dentro de la frivolidad que la define, que esto es más grande que él. Que en el futuro habrá muchas más como ella y como él que vendrán a ocupar su lugar a seguir alimentando ese monstro llamado cine. 

 

Esta magistral escena es una de las múltiples metáforas con las que Damien Chazelle nos deleita durante un poco más de tres horas mientras nos dejamos llevar por lo estruendoso, turbulento, pero al mismo tiempo nostálgico y evocador universo de Babylon. Una película que llega a inscribirse dentro del mundo de la autorreferencialidad para reflexionar sobre el papel del cine en la sociedad y, más precisamente, los efectos que tiene sobre los artesanos que lo hicieron y siguen haciendo posible. 

 

El contexto es California a finales de los años 20 y lo que fue un novedoso invento óptico ya se ha consolidado como una de las formas de entretenimiento más importantes de la sociedad americana. Tanto así que el llamado star system se toma las páginas de los periódicos y los actores y actrices son venerados y perseguidos por fanáticos cual figuras de culto. También todo lo que rodea a esas figuras casi mitológicas es todo ese exceso que el estar siempre bajo el reflector y la adulación de públicos masivos te da casi por añadidura. Fiestas en mansiones con música, licor, drogas, sexo, animales exóticos, en fin, descontrol puro en una de las sociedades más puritanas del siglo XX. 

 

Y a medida que vemos las exóticas vidas de estos personajes, sus evoluciones e involuciones, también somos testigos de la metamorfosis del verdadero protagonista de esta historia: el cine mismo. El mismo actor del principio está ávido por llevar el cine a otro nivel e incluso por defender a muerte la dimensión artística de lo que en su momento aún se consideraba como entretenimiento corriente. La irrupción del sonido que haría del cine una actividad completamente distinta de lo que era hasta entonces y lo aparatoso y complicado que se volvió la grabación de imagen y sonido al mismo tiempo, lo veremos acá como una especie de animal salvaje que los directores y productores tuvieron que aprender a domar para hacer de las películas nuevas formas de arte. Era tanto el esfuerzo que tomaba cada plano y cada toma perfectamente ejecutadas que se celebraba como si de un gol en una final se tratase. El cine conmovía tanto e incluso más sin siquiera haber visto la luz en la oscuridad de una sala.

 

Desde la intensidad de Whiplash y por supuesto con la amada La La Land, Chazelle nunca ha mermado su ambición desde la fotografía, puesta en escena y ni hablar de la música y la banda sonora. En Babylon todos esos elementos vuelven a ser protagonistas, como no podrían dejar de serlo. En una película en la que se habla de cine, la forma tendría siempre que salir a relucir. 

 

Las secuencias finales son una especie de mano amiga que llega a consolar al espectador sobrecogido por la catarsis de la que trata de recuperarse luego de ver cómo el cine mismo, ese que elevó por sobre todo a las estrellas que nos conmovieron y lo siguen y seguirán haciendo, las entierra y devora hasta el punto de acabar con sus vidas. Esas que suceden fuera de las cámaras, los abrasadores reflectores y los delicados micrófonos. Una especie de resumen ejecutivo de lo que fue y ha sido la historia del cine desde el descubrimiento de la mal llamada “persistencia retiniana” hasta la creación de mundos imposibles en la era digital es lo que nos impulsa a salir de Babylon. A salir con la idea de que el cine estuvo antes que nosotros y lo seguirá estando cuando ya no seamos más que recuerdos, fotogramas o planos en la memoria de los otros y que el cine, como la vida misma, es inabarcable.    

miércoles, 14 de julio de 2021

“Sorry we missed you”, o la fatalidad del trabajo.

Ya lo dijo Tolstoi en las primeras líneas de Anna Karenina: “Todas las familias felices se asemejan; las infelices son infelices a su modo”.  

La diferencia está en que esta vez no veremos a una familia aristocrática en la Rusia de mediados del siglo XIX haciéndose pedazos a costa de infidelidades y rumores en la ópera; acá Ken Loach y su habitual guionista Paul Laverty, con quien ya obtuvo dos veces la Palma de Oro y ha colaborado en repetidas ocasiones, nos trae a una familia de clase media baja en la Inglaterra del siglo XXI, sucumbiendo ante las vicisitudes del capitalismo, la precarización laboral neoliberal y los conflictos cotidianos de cualquier familia contemporánea. En Sorry we missed you (2019) conviven dos pulsiones propias de los dramas de cualquier familia o persona contemporánea, dos dramas que no son para nada novedosos y que desde el mismo Kafka se vienen contando, pero que precisamente por su constante permanencia en la sociedad, se mantienen inagotables en las narrativas actuales. El primero de ellos es la deshumanización del trabajo. Esa actividad que a veces reduce al trabajador a una máquina que debe mantenerse bien aceitada, cumpliendo con cifras y manteniendo las estadísticas al tope sin importar lo que le pueda suceder al trabajador cuando abandona su puesto en la fábrica. El otro es la carga para una familia que debe lidiar con la rebeldía de un hijo adolescente y que al mismo tiempo se viene recuperando de una crisis económica, producto esta también del influjo neoliberal descontrolado que enriquece a los más ricos y empobrece a los más pobres. 

 

Este es en esencia el argumento de la última película de Ken Loach. Un director que a lo largo de toda su carrera y en especial en sus últimas películas, no ha dejado de retratar los dramas cotidianos de personas ordinarias en su natal Gran Bretaña, pero que no pierden su carácter universal. Luchas discretas ante las injusticas del sistema y la burocracia estatal como en I, Daniel Blake (2017) y ahora una familia que lucha día a día por mantenerse a flote pese a tener casi todo en contra. 

 

El motor que va a impulsar este argumento va a ser sin duda la necesidad de esta familia por mantenerse a flote y por fortalecer los frágiles pilares laborales sobre los que descansa su economía cotidiana. Eso sumado a la rebeldía del hijo adolescente que parece no querer estudiar y desde su misma y limitada perspectiva desprecia a su padre y hasta ridiculiza su forma de trabajar. Un peso más que pone Loach en esta familia y que incluso llega a hacer mucho más significativo viniendo desde sí misma, aunque como lo verá el espectador hacia el final, termina por redimirse de alguna manera. 

 

Esta es en todo el sentido una historia con tonos realistas que se desliga de cualquier pretensión fabulesca y de redención de sus personajes. El final es descarnado y deja a sus personajes a la deriva de una realidad que para muchos no tiene salida. Así como Ricky y su esposa que se levantan a trabajar cada mañana en un bucle sin fin que solo la muerte parece poder acabar, así mismo deja Ken Loach ese sinsabor, pero por supuesto con tintes poéticos y reflexivos, sobre una sociedad que parece nunca dejará de ser obrera de sí misma y que la supuesta libertad económica que venden las democracias capitalistas contemporáneas, parecen ser un privilegio cada día más de unos pocos. 

lunes, 28 de diciembre de 2020

“A Hidden Life”, o la trascendencia de lo simbólico.




Para Franz Jägerstätter, el héroe discreto de esta historia, levantar un paraguas mal puesto mientras está esposado o ayudarle a una anciana a acomodar su maleta en la gaveta alta del tren, también estando esposado y escoltado por un policía del régimen nazi, son acciones igual de válidas y correctas al hecho de negarse a jurarle lealtad a un líder malvado y a una idea de nación con la que no se está de acuerdo. Ese es el fuego que mantendrá viva esta historia en la que un hombre, fiel a sus principios y a la importancia que ante la sociedad tienen, vivirá las consecuencias dentro del corazón mismo del nazismo de oponerse abiertamente al status quo del fascismo hitleriano. 

 

Terrence Malick es un director que ya ha establecido, a lo largo de casi todas sus películas, un sello particular y una forma única de contar sus historias. Los largos planos secuencia con fluidos movimientos de cámara y lentes que distorsionan la perspectiva, la profundidad de campo marcada que abarca amplias locaciones y la voice over de sus personajes que le susurran al oído al espectador, ayudando a narrar y a contextualizar lo que muestra, mientras reflexionan sobre la ficción de la cual hacen parte, son solo algunos de los elementos que hacen del cine de Malick reconocible desde cualquier perspectiva. Esta vez, esos mismos elementos confluyen para contar una historia de resiliencia, devoción ante los símbolos y lealtad hacia sí mismo. 

 

Para Franz, un ordinario campesino austriaco, su familia y su fe son los dos pilares que lo levantan cada mañana a trabajar la tierra y los animales y luchar porque sus hijas y su esposa conserven su tranquila vida. Todo esto cambiará cuando los aviones de guerra empiezan a surcar los cielos de su remota aldea y el inminente llamado a enlistarse en el ejército a proteger la patria y los ideales de una guerra que se le presenta como “justa”, empieza a hacerse realidad. Es aquí donde el conflicto principal de esta historia aparece y donde la tenacidad inquebrantable del héroe se pone todo el tiempo a prueba. Uno a uno, tanto aldeanos, guías espirituales y los mismos policías que viven para castigarlo, empezarán a tratar de debilitar su fe, recalcando el duro hecho de que sus mínimas y discretas acciones tendrán casi ningún efecto en el desenlace de la guerra y que probablemente nadie vaya a notar (y valorar) su fidelidad hacia sí mismo de negarse a expresar públicamente una lealtad hacia alguien y algo con lo que no está de acuerdo. 

 

Y es precisamente ese el tema que Malick quiere ilustrar con esta suerte de parábola contemporánea. Para Franz, las consecuencias de sus decisiones parecen no atormentarlo, o al menos no tanto como para desestimar el peso social que caerá sobre su familia dada su disidencia explícita en un momento tan crítico como el que está atravesando. En varias ocasiones vemos claras sus convicciones y su devoción. En su misma casa los íconos religiosos son protagonistas en cada momento. Esa prevalencia de la imagen tiene tanto poder para él, que verse a sí mismo levantando la mano jurando lealtad incondicional al führer, aunque, como se lo dice un sacerdote, “lo que hay en su corazón es lo que le importa a Dios”, para él es inaceptable. La distancia temporal y el conocimiento de los hechos puede provocar en el espectador cierta sensación de impotencia e incluso de reproche hacia Franz, pero Malick lo expone sin juicio alguno. Incluso, en palabras del mismo Franz, nos desliga a los espectadores de apuntar el dedo al soldado nazi.


Son ese tipo de acciones, que pasan desapercibidas en los grandes relatos históricos y que, es verdad, no causan un gran impacto en el resultado de un acontecimiento histórico, las que en últimas dignifican al hombre. Esa vida oculta que desde el anonimato de sus dueños enaltece la bondad del mundo, su mundo, y pese a las devastadoras circunstancias, trascienden en el tiempo. 


martes, 17 de abril de 2018

“LOVE, SIMON” O EL IMPORTANCIA DE LA REPRESENTACIÓN.

Antes de ahondar en lo que propuso esta película, hay que tener en cuenta uno de los principios cardinales de la crítica y la apreciación de cine: no se le puede pedir a una película más de lo que propone ni se puede pretender que ésta diga cosas que en realidad no tiene la intención de decir.
Con esto en mente, entremos al universo de Simon. Un muchacho que cursa el último año del colegio, vive una vida normal, con familia y amigos normales y se aproxima a su adultez con un secreto que lo carcome desde hace varios años: es gay. En esencia parecería una historia ya muchas veces contada y sin nada novedoso que aportar. Y en realidad así lo es. Es un drama nada fuera de lo normal, contado de manera cronológica y con personajes poco complejos en situaciones no muy significativas que rara vez los exponen. Sin embargo, el verdadero valor de esta película, la verdadera razón por la cual ha generado tanto impacto yace en asuntos meramente extra cinematográficos. Es la primera vez que uno de los más grandes e importantes estudios de cine del mundo, 20th Century Fox, se le mide a hacer una película cuyo tema central sea la sexualidad no hegemónica de su protagonista y haya alcanzado una distribución y exhibición en una escala tan masiva. Claro que en el pasado ha habido películas con estas temáticas y en las que la sexualidad de sus protagonistas juega un papel fundamental en el desarrollo de la trama (todo el despliegue mediático que tuvo Brokeback Mountain en su momento da fe de ello), pero éstas se dieron desde el circuito independiente, con una distribución limitada y usaban estas características para tratar otro tipo de temas y resaltar cualidades diferentes a la historia que contaban. 
Ahora, volviendo al argumento de Love, Simon, lo que hace que la trama pueda avanzar es la correspondencia secreta que mantiene con otro muchacho gay de su colegio que elige publicar en un blog su misma orientación sexual: este el primer detonante que hace que Simon deje de reprimir y ocultar su sexualidad, para pasar a hacerla una de sus prioridades diarias. A través de estos mails, iremos conociendo muchas de las posturas que tiene la película, por medio de su protagonista, sobre temas relacionados con ser gay en una sociedad heteronormatizada. Probablemente la situación más éticamente compleja que propone la película es la aparición de Martin, el compañero que termina por chantajearlo y eventualmente lo saca del clóset a la fuerza.
Es en realidad una lástima ver cómo una historia que tenía tanto potencial y más en una sociedad como la actual, se vio reducida a un drama adolescente como muchos otros que se privó de proponer situaciones más complejas que despertaran reflexiones en torno al hecho del martirio al que se ven expuestos las personas gays de tener que declaran con toda la parsimonia del asunto su orientación sexual, como si de una enfermedad se tratara.
Aunque no todo es malo en esta película. Sí hay situaciones íntimas y diálogos certeros que hacen que la historia de Simon pueda tocar muchos corazones (la conversación que mantiene con su madre lo prueba) sin importar si se es gay o no. 
Pero volviendo al título de este texto y dejando de lado la inocencia o ingenuidad que tiene esta película, la verdadera grandeza de Love, Simon está en el hecho de haber presentado en pantalla gigante y en miles de teatros a nivel mundial una historia que urge ser contada ahora más que nunca. El impacto ha sido tal, que muchos activistas y personalidades LGBT han reservado teatros enteros para que las juventudes que atraviesan por el mismo martirio de Simon puedan verse y puedan entender que lo que sienten y lo que viven no es exclusivo de sus realidades, en otras palabras: que no están solos. 
Esta película quizás no sea recordada por un guión memorable, una fotografía evocadora o unas actuaciones magistrales (aunque su protagonista, Nick Robinson, haga un excelente trabajo), y de hecho está claro que esa no es su intención, pero sí lo será por haber magnificado el drama de miles de niños, jóvenes y hasta adultos que siguen conteniendo la respiración y pueda ayudarlos algún día a empezar a ser mucho más ellos mismos y como lo dice la comprensiva y sabia madre de Simon, puedan, finalmente, exhalar. 

jueves, 14 de abril de 2016

Los caballeros de la sala oscura

Todo parece ordinario, pero hay algo en el aire que indica lo contrario. No son los diversos afiches de muchachas en posiciones imposibles que empapelan las carteleras. No deben gastar mucho presupuesto en eso. Vista una, vistas todas las demás. Tampoco es la señora ya de edad que, vestida con un suéter blanco con flores bordadas, nos vende dos entradas sin preguntarnos para qué película vamos, qué función o si queremos en el fondo, en la mitad, en el pasillo o cerca a la puerta. Son dos pequeños tiquetes los que nos entrega y nos dan vía libre a través de la cortina de terciopelo rojo que aleja al mundo exterior de esta gran sala.

Lo que la diferencia de cualquier otra sala de cine son las cabezas solitarias y dispersas que vemos al entrar a la sala. Muchas encanecidas, otras con poco pelo, pero todas de hombres. Aisladas unas de otras como pequeñas islas en el océano.

Es una sala grande, con una luz tenue que ilumina el pasillo para saber por dónde se camina y no pisar nada ni a nadie extraño. La pared superior es ondulada y así la vibración de los parlantes le pueda llegar tanto al de la primera fila (que hoy está desierta) como a nosotros que yacemos en la última, a unos cuantos centímetro de la pared donde se empiezan a acomodar señores esperando que empiece la función.

Suena una música para llenar el silencio antes de que se vayan a llenar otras cosas. En las paredes hay varios letreros luminosos que prohíben fumar y a esos se le suman dos que dan cuenta de que en este lugar nadie ha perdido nada: ni su dignidad ni su honra ni su buen nombre. Bajo este par de manchas rojas hay dos puertas que les dan la bienvenida tanto a las “Damas” como a los “Caballeros”. Así es, todas esas cabezas dispersas por la sala, acomodadas en sus butacas y mirando con silencio la pantalla que aún es blanca, le pertenecen a un grupo de caballeros; hombres, que según la entrada al baño, no han dejado de ser dignos de este título solo porque se encuentren aquí y ahora albergados por esta oscuridad. Y tampoco las señoras y señoritas o los señores en ropa de ellas que caminan con gracia por los corredores han perdido su dignidad y siguen siendo damas. Tanto, que a la entrada si eres heterosexual y vas con tu pareja, “la dama no paga”.

Empiezan a aparecer figuras difusas en la pantalla y mientras el proyector coge fuerza, las luces se apagan y por fin da inicio a la función. “Nosotros respetamos su derecho a morir, por favor respete nuestro derecho a vivir”. Con esta consigna se inaugura el preludio al sexo ajeno. Alrededor de 20 o 25 imágenes alusivas al no consumo de cigarrillo dentro de la sala se empiezan a proyectar. Una de un simple cigarrillo con una equis, otra de una caricatura de un cigarrillo fumando cigarrillo rodeado de humo y con el círculo de prohibido encima, otra de una mano sosteniendo el cigarrillo y soltando humo desde el borde con el mismo signo de prohibido tapizándolo y así una variedad casi incontable de imágenes, como si cada una estuviera dirigida a un espectador distinto. En Sinfonía se toman muy en serio la salud de sus asistentes.

La propaganda anti tabaco ha terminado y la función, oficialmente, ha comenzado. Estamos los dos en una esquina mirando la secuencia inicial de la película. Una chica, en su cama, chateando por su celular. Sonriendo, jugando con su pelo y mandando mensajes. El chat termina y es como si nos hubiéramos subido al DeLorean y viajado al futuro, porque la elipsis más grande acaba de ocurrir. En menos de diez segundos, el hombre con el que ella chateaba y al que le envió cuatro o cinco mensajes, yace en su cama, sin camisa, pero aún con el pantalón puesto, jugando con sus labios, los que tiene entre las piernas, mientras ella se retuerce con un placer exagerado y actuado digno de esa gran pantalla. Los sonidos empiezan a emerger de la oscuridad. La esquina en la que estamos está misteriosamente concurrida. Allá llegan todos. Se paran uno al lado del otro y hasta se “dan una mano” para hacer de la experiencia más potente. Las hebillas están sonando, los cierres abajo, el roce entre pantalones también se siente. Nos movemos como por instinto para entrar al cuarto de los caballeros y cuando salimos, encontramos puesto muy lejos de la esquina concurrida de caballeros que ni se atreven a sentarse.

La película sigue su curso. Los chateadores están uno encima del otro, uno debajo del otro. Hay penetración en toda la pantalla y movimientos en toda la sala. Entran y salen del cuarto de los caballeros. Siguen llegando espectadores, pues para esta película no tiene nada de extraño llegar tarde a la función. No deja de ser una sala de cine en la que sus asistentes mantienen los mismos hábitos molestos: celulares suenan, la gente contesta, dicen estar escampándose por la lluvia y no falta el que hace visita mientras los demás civilizados consumidores quieren ver la película por la que pagaron en paz.


La escena termina, la cara de la muchacha se baña en blanco y sus ojos grandes, y por supuesto seductores, miran a la cámara como invitando frustradamente a los caballeros a seguir.   

miércoles, 9 de marzo de 2016

Dustin Wallman (1899 – 1998)

Jeremy Dustin Philip Wallman, mejor conocido como Dustin Wallman, nació un 11 de octubre de 1899 en Stockport, ciudad cercana a Manchester, Inglaterra. Cuando tenía seis años, su familia se mudó a Londres buscando mejores oportunidades laborales en la sólida economía industrial de la capital británica. Su padre, Philip Wallman, fue obrero en una fábrica de zapatos. Rápidamente y gracias a sus habilidades, fue ascendiendo hasta que logró ser supervisor de la planta de producción de la fábrica. Su madre, Joan Wallman, trabajaba como maquilladora en un salón de belleza y tenía fama de tratar a las damas de la más alta burguesía londinense. Fueron, como se ve, una familia acomodada, con buenos ingresos y estabilidad económica. Al pequeño Dustin nunca le faltó nada. Tuvo una infancia feliz, una educación promedio y un gusto por los objetos desde muy niño que desembocó en una afición por la escultura.
A los 16 años, cuando sólo le faltaba un año para terminar sus estudios secundarios, decide abandonar la escuela para dedicarse al arte. Prueba con todo tipo de materiales y técnicas, pero ninguna le satisface. El bronce era demasiado rígido, el yeso, muy clásico para su espíritu de vanguardia y el mármol se le antojaba muy burgués y elitista, cosa que quería evitar a toda costa. Estando una tarde soleada de verano en su taller, mientras trabajaba en una de sus obras, se conmueve rápidamente por el paso de las partículas de polvo por un rayo de luz que se le filtra por una ventana. Él se queda observándola y mientras piensa en silencio qué hacer para su próximo intento de escultura, la pila de objetos que tiene sobre su mesa de trabajo se estaba cubriendo de polvo. Aquí aparece la epifanía de Wallman. Siempre había reflexionado mucho sobre el paso del tiempo y el deterioro que le causa a las cosas y a las personas. El polvo ha estado desde siempre y lo seguirá estando cuando ya nada ni nadie exista sobre la tierra; sin embargo, sabemos de su existencia gracias a las capas finas que deja sobre los objetos. Aquí yace el concepto bajo la obra de Dustin Wallman.
Ha hecho exposiciones alrededor del mundo, las cuales se han ganado la admiración de los críticos y en las que plasma el deterioro de la humanidad a través de sus obras. Actualmente se encuentra en exposición permanente en el museo Guggenheim de Nueva York una colección de sus más afanadas esculturas, dentro de las que se encuentran “Polvo sobre mesa”, una obra que le tomó más de seis meses realizar y cuyo origen data del periodo de la Alemania nazi, pues la mesa de madera cubierta de una fina y visible capa de polvo gris pertenecía a una acaudalada familia polaca cuya fortuna fue arrebata por los nazis. Entre otras obras de la muestra están “Polvo en Silla” (1960), “Polvo sobre cama” (1965), una de sus obras más polémicas, pues al haber sido exhibida en el Museo del Prado, el doble sentido que le dieron al título de la obra al haber sido traducido al español generó cierto malestar en algunos de los asistentes al ver cómo los más jóvenes reían a carcajadas al ver la obra, y la más controversial de todas “Polvo sobre Comida”: una escultura que muestra varios alimentos ya rancios cubiertos por una gruesa capa de polvo. Se cree que para que el artista llevara a cabo su obra, viajó hasta África y en frente de cientos de personas hambrientas de comunidades pobres de Kenia, dejó podrir estos alimentos y los impregnó del más fino polvo de las praderas africanas.
Sus últimas obras hacen referencia al deterioro de un campo que ha irrumpido la sociedad en todos sus espacios: la tecnología. En esta obra, expuesta en el museo Reina Sofía en Madrid y titulada “Polvo sobre metal” se puede ver cómo estos objetos, a pesar de ser tan útiles y de ayudar tanto al funcionamiento de la vida contemporánea, no están exentos del deterioro normal.


Dustin Muere el 23 de abril de 1998 de una tuberculosis crónica en un hospital de Londres. Sus cenizas fueron arrojadas al mar por sus familiares. Se dice que éstas siguen hoy en día como una fina capa sobre el mar y que hay marineros que recorren el canal de la Mancha que han visto flotar esta mancha blanca sin desvanecerse aún sobre el agua.         


miércoles, 2 de marzo de 2016

¿A qué te sabe el cuento?


Estimado lector:
A menos de que seas ciego o analfabeta, sabemos por antelación que usas los ojos para leer. Tu imaginación se alimenta de todos esos universos construidos en el vasto mundo de la literatura, gracias a las letras que se impregnan en tus ojos y juntas forman palabras que configuran sentidos en tu cabeza. Si le estás leyendo a alguien más que no tiene cercanía visual con el texto, empiezas a mandarle señales a tu lengua para que retorciéndose dentro de tu boca, y ésta al mismo tiempo moviéndose hacia adentro y afuera, produzcan sonidos que puedan exportar esa interioridad, esa complicidad entre el texto y tú a múltiples oyentes o espectadores. Pero también esos mismos sonidos son producidos de manera imaginaria en tu cabeza cuando tu lectura es sólo tuya y de nadie más.
Como habrás podido ver, varios son los sentidos que se inmiscuyen a la hora de enfrentarte a un texto escrito. El texto no solo lo lees, hay algo más importante detrás: lo sientes. Desde la mecánica actividad de percibir el objeto de papel o electrónico en el que está, hasta el estremecimiento que se te levanta en la piel cuando lo que lees te desborda, te angustia de tal manera que tu cuerpo solo no lo puede contener. Casi igual a como si te alimentaras de tu comida favorita. Se te hace agua la boca, hay una ansiedad para el antes de y una sensación de satisfacción luego de que terminas.
El escritor es como una especie de cocinero. Primero reúne todos los ingredientes. Sale al mundo a buscar la materia prima para cocinar su obra y la empieza a transformar en el lenguaje escrito que yace en las páginas. Prueba todas las combinaciones posibles hasta que queda medianamente satisfecho con lo que hizo y un horno llamado editorial le da la forma final al plato que terminará en tu mesa. A partir de ahí todo depende de ti. Eres el comensal que le debe dar sentido a la existencia de ese plato. Lo devoras a veces con rapidez y la digestión la haces de la misma manera, o te tomas tu tiempo para disfrutar cada bocado, mientras tu cuerpo asimila cada cucharada de lo que te estás comiendo terminando por expulsar un gran eructo de satisfacción, pero parece que no te llenaras y buscas más y más platos de un mismo cocinero, o buscas otro tipo de chefs que te presenten platos distintos. Unos más arriesgados que otros, con sabores más exóticos. Unos que requieren más tiempo para ingerir. Novelas densas y picantes que te exigen paciencia para poder ingerir, poemas ligeros y sonoros que le caen muy bien a tu estómago.
Así sin más, empiezas a probar los sabores del mundo. ¿A qué te sabe la historia de una mujer aristócrata que comete adulterio para estar con el amor de su vida y termina consumida por los celos? ¿A qué el relato de la cucaracha que se apodera del cuerpo de un trabajador y lo deja encerrado en su cuarto? ¿Cómo llega a tu boca ese poema épico en que los dioses deciden qué hacer con los humanos mientras se pelean en las puertas de una ciudad? ¿A qué te sabe un ensayo lleno de ricos recursos e ideas audaces? ¿A qué te sabe el cuento con su final sorpresivo, su intensidad argumental y su anécdota increíble?

Tienes, amigo lector, toda una vida para averiguarlo. La mesa está servida.