Tratando de entender el mundo en imágenes móviles.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Dustin Wallman (1899 – 1998)

Jeremy Dustin Philip Wallman, mejor conocido como Dustin Wallman, nació un 11 de octubre de 1899 en Stockport, ciudad cercana a Manchester, Inglaterra. Cuando tenía seis años, su familia se mudó a Londres buscando mejores oportunidades laborales en la sólida economía industrial de la capital británica. Su padre, Philip Wallman, fue obrero en una fábrica de zapatos. Rápidamente y gracias a sus habilidades, fue ascendiendo hasta que logró ser supervisor de la planta de producción de la fábrica. Su madre, Joan Wallman, trabajaba como maquilladora en un salón de belleza y tenía fama de tratar a las damas de la más alta burguesía londinense. Fueron, como se ve, una familia acomodada, con buenos ingresos y estabilidad económica. Al pequeño Dustin nunca le faltó nada. Tuvo una infancia feliz, una educación promedio y un gusto por los objetos desde muy niño que desembocó en una afición por la escultura.
A los 16 años, cuando sólo le faltaba un año para terminar sus estudios secundarios, decide abandonar la escuela para dedicarse al arte. Prueba con todo tipo de materiales y técnicas, pero ninguna le satisface. El bronce era demasiado rígido, el yeso, muy clásico para su espíritu de vanguardia y el mármol se le antojaba muy burgués y elitista, cosa que quería evitar a toda costa. Estando una tarde soleada de verano en su taller, mientras trabajaba en una de sus obras, se conmueve rápidamente por el paso de las partículas de polvo por un rayo de luz que se le filtra por una ventana. Él se queda observándola y mientras piensa en silencio qué hacer para su próximo intento de escultura, la pila de objetos que tiene sobre su mesa de trabajo se estaba cubriendo de polvo. Aquí aparece la epifanía de Wallman. Siempre había reflexionado mucho sobre el paso del tiempo y el deterioro que le causa a las cosas y a las personas. El polvo ha estado desde siempre y lo seguirá estando cuando ya nada ni nadie exista sobre la tierra; sin embargo, sabemos de su existencia gracias a las capas finas que deja sobre los objetos. Aquí yace el concepto bajo la obra de Dustin Wallman.
Ha hecho exposiciones alrededor del mundo, las cuales se han ganado la admiración de los críticos y en las que plasma el deterioro de la humanidad a través de sus obras. Actualmente se encuentra en exposición permanente en el museo Guggenheim de Nueva York una colección de sus más afanadas esculturas, dentro de las que se encuentran “Polvo sobre mesa”, una obra que le tomó más de seis meses realizar y cuyo origen data del periodo de la Alemania nazi, pues la mesa de madera cubierta de una fina y visible capa de polvo gris pertenecía a una acaudalada familia polaca cuya fortuna fue arrebata por los nazis. Entre otras obras de la muestra están “Polvo en Silla” (1960), “Polvo sobre cama” (1965), una de sus obras más polémicas, pues al haber sido exhibida en el Museo del Prado, el doble sentido que le dieron al título de la obra al haber sido traducido al español generó cierto malestar en algunos de los asistentes al ver cómo los más jóvenes reían a carcajadas al ver la obra, y la más controversial de todas “Polvo sobre Comida”: una escultura que muestra varios alimentos ya rancios cubiertos por una gruesa capa de polvo. Se cree que para que el artista llevara a cabo su obra, viajó hasta África y en frente de cientos de personas hambrientas de comunidades pobres de Kenia, dejó podrir estos alimentos y los impregnó del más fino polvo de las praderas africanas.
Sus últimas obras hacen referencia al deterioro de un campo que ha irrumpido la sociedad en todos sus espacios: la tecnología. En esta obra, expuesta en el museo Reina Sofía en Madrid y titulada “Polvo sobre metal” se puede ver cómo estos objetos, a pesar de ser tan útiles y de ayudar tanto al funcionamiento de la vida contemporánea, no están exentos del deterioro normal.


Dustin Muere el 23 de abril de 1998 de una tuberculosis crónica en un hospital de Londres. Sus cenizas fueron arrojadas al mar por sus familiares. Se dice que éstas siguen hoy en día como una fina capa sobre el mar y que hay marineros que recorren el canal de la Mancha que han visto flotar esta mancha blanca sin desvanecerse aún sobre el agua.         


miércoles, 2 de marzo de 2016

¿A qué te sabe el cuento?


Estimado lector:
A menos de que seas ciego o analfabeta, sabemos por antelación que usas los ojos para leer. Tu imaginación se alimenta de todos esos universos construidos en el vasto mundo de la literatura, gracias a las letras que se impregnan en tus ojos y juntas forman palabras que configuran sentidos en tu cabeza. Si le estás leyendo a alguien más que no tiene cercanía visual con el texto, empiezas a mandarle señales a tu lengua para que retorciéndose dentro de tu boca, y ésta al mismo tiempo moviéndose hacia adentro y afuera, produzcan sonidos que puedan exportar esa interioridad, esa complicidad entre el texto y tú a múltiples oyentes o espectadores. Pero también esos mismos sonidos son producidos de manera imaginaria en tu cabeza cuando tu lectura es sólo tuya y de nadie más.
Como habrás podido ver, varios son los sentidos que se inmiscuyen a la hora de enfrentarte a un texto escrito. El texto no solo lo lees, hay algo más importante detrás: lo sientes. Desde la mecánica actividad de percibir el objeto de papel o electrónico en el que está, hasta el estremecimiento que se te levanta en la piel cuando lo que lees te desborda, te angustia de tal manera que tu cuerpo solo no lo puede contener. Casi igual a como si te alimentaras de tu comida favorita. Se te hace agua la boca, hay una ansiedad para el antes de y una sensación de satisfacción luego de que terminas.
El escritor es como una especie de cocinero. Primero reúne todos los ingredientes. Sale al mundo a buscar la materia prima para cocinar su obra y la empieza a transformar en el lenguaje escrito que yace en las páginas. Prueba todas las combinaciones posibles hasta que queda medianamente satisfecho con lo que hizo y un horno llamado editorial le da la forma final al plato que terminará en tu mesa. A partir de ahí todo depende de ti. Eres el comensal que le debe dar sentido a la existencia de ese plato. Lo devoras a veces con rapidez y la digestión la haces de la misma manera, o te tomas tu tiempo para disfrutar cada bocado, mientras tu cuerpo asimila cada cucharada de lo que te estás comiendo terminando por expulsar un gran eructo de satisfacción, pero parece que no te llenaras y buscas más y más platos de un mismo cocinero, o buscas otro tipo de chefs que te presenten platos distintos. Unos más arriesgados que otros, con sabores más exóticos. Unos que requieren más tiempo para ingerir. Novelas densas y picantes que te exigen paciencia para poder ingerir, poemas ligeros y sonoros que le caen muy bien a tu estómago.
Así sin más, empiezas a probar los sabores del mundo. ¿A qué te sabe la historia de una mujer aristócrata que comete adulterio para estar con el amor de su vida y termina consumida por los celos? ¿A qué el relato de la cucaracha que se apodera del cuerpo de un trabajador y lo deja encerrado en su cuarto? ¿Cómo llega a tu boca ese poema épico en que los dioses deciden qué hacer con los humanos mientras se pelean en las puertas de una ciudad? ¿A qué te sabe un ensayo lleno de ricos recursos e ideas audaces? ¿A qué te sabe el cuento con su final sorpresivo, su intensidad argumental y su anécdota increíble?

Tienes, amigo lector, toda una vida para averiguarlo. La mesa está servida.