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miércoles, 14 de julio de 2021

“Sorry we missed you”, o la fatalidad del trabajo.

Ya lo dijo Tolstoi en las primeras líneas de Anna Karenina: “Todas las familias felices se asemejan; las infelices son infelices a su modo”.  

La diferencia está en que esta vez no veremos a una familia aristocrática en la Rusia de mediados del siglo XIX haciéndose pedazos a costa de infidelidades y rumores en la ópera; acá Ken Loach y su habitual guionista Paul Laverty, con quien ya obtuvo dos veces la Palma de Oro y ha colaborado en repetidas ocasiones, nos trae a una familia de clase media baja en la Inglaterra del siglo XXI, sucumbiendo ante las vicisitudes del capitalismo, la precarización laboral neoliberal y los conflictos cotidianos de cualquier familia contemporánea. En Sorry we missed you (2019) conviven dos pulsiones propias de los dramas de cualquier familia o persona contemporánea, dos dramas que no son para nada novedosos y que desde el mismo Kafka se vienen contando, pero que precisamente por su constante permanencia en la sociedad, se mantienen inagotables en las narrativas actuales. El primero de ellos es la deshumanización del trabajo. Esa actividad que a veces reduce al trabajador a una máquina que debe mantenerse bien aceitada, cumpliendo con cifras y manteniendo las estadísticas al tope sin importar lo que le pueda suceder al trabajador cuando abandona su puesto en la fábrica. El otro es la carga para una familia que debe lidiar con la rebeldía de un hijo adolescente y que al mismo tiempo se viene recuperando de una crisis económica, producto esta también del influjo neoliberal descontrolado que enriquece a los más ricos y empobrece a los más pobres. 

 

Este es en esencia el argumento de la última película de Ken Loach. Un director que a lo largo de toda su carrera y en especial en sus últimas películas, no ha dejado de retratar los dramas cotidianos de personas ordinarias en su natal Gran Bretaña, pero que no pierden su carácter universal. Luchas discretas ante las injusticas del sistema y la burocracia estatal como en I, Daniel Blake (2017) y ahora una familia que lucha día a día por mantenerse a flote pese a tener casi todo en contra. 

 

El motor que va a impulsar este argumento va a ser sin duda la necesidad de esta familia por mantenerse a flote y por fortalecer los frágiles pilares laborales sobre los que descansa su economía cotidiana. Eso sumado a la rebeldía del hijo adolescente que parece no querer estudiar y desde su misma y limitada perspectiva desprecia a su padre y hasta ridiculiza su forma de trabajar. Un peso más que pone Loach en esta familia y que incluso llega a hacer mucho más significativo viniendo desde sí misma, aunque como lo verá el espectador hacia el final, termina por redimirse de alguna manera. 

 

Esta es en todo el sentido una historia con tonos realistas que se desliga de cualquier pretensión fabulesca y de redención de sus personajes. El final es descarnado y deja a sus personajes a la deriva de una realidad que para muchos no tiene salida. Así como Ricky y su esposa que se levantan a trabajar cada mañana en un bucle sin fin que solo la muerte parece poder acabar, así mismo deja Ken Loach ese sinsabor, pero por supuesto con tintes poéticos y reflexivos, sobre una sociedad que parece nunca dejará de ser obrera de sí misma y que la supuesta libertad económica que venden las democracias capitalistas contemporáneas, parecen ser un privilegio cada día más de unos pocos.