El cine siempre ha sido y
será una de las armas más poderosas para criticar de manera estética y
artística una problemática social; para retratar sin prejuicios o
arbitrariedades a cualquier tipo de sociedad y para hacer una reflexión
profunda y personal sobre la condición humana. “Silencio en el Paraíso” es una
fuerte reflexión, acompañada de un retrato efectivo y honesto de la población
marginal del país, sobre un acontecimiento que ha estremecido a la sociedad
colombiana en los últimos años y ha generado una gran polémica a nivel social y
político en el país: los falsos positivos.
Esta película cuenta con una
presentación del personaje principal y de su contexto social muy bien lograda
que ayuda a desarrollar un argumento a su alrededor bastante sólido y
verosímil. Prácticamente casi toda la película es el día a día de Ronald, un
habitante de los tantos barrios marginales que yacen en las ciudades
colombianas. Lo que pareciera una simple y poco extraordinaria historia de
superación atravesada por el amor, los conflictos propios de este núcleo de la
sociedad y la amistad, cobra un sentido más amplio al mirar cómo todo esto
ayuda a engrandecer el peso de las últimas secuencias de la película y cierran
con contundencia y eficacia ese retrato honesto del destino de uno de los
tantos jóvenes víctimas de este conflicto armado, cuyas aristas han devenido en
problemáticas mucho más impactantes.
Dentro de sus aspectos
visuales y narrativos, esta película cuenta con elementos que la hacen resaltar
bastante y complementar ese trasfondo ético que sin duda es la intención y
fuerza mayor en el mensaje que pretende transmitir. Su estructura narrativa
lineal no sólo centra la atención en el personaje principal y eje indispensable
del argumento, sino que también expone de muy buena manera las perspectivas y
miradas de otros personajes y del que al final se descubre como el antagonista
en todo el sentido de la palabra. A través de esta variedad de miradas, se va
evidenciando y contextualizando, aún más, todas las problemáticas sociales que
acogen a las personas que habitan estos lugares y especialmente a su
protagonista que hace de su diario vivir un constante conflicto de
supervivencia económica y de superación sentimental con el elemento amoroso que
atraviesa la trama, algo que sin duda deja ver más facetas del personaje. La
concepción visual de esta historia le da una importancia muy significativa al
espacio en el que se desarrollan los hechos: las calles y los caminos
empinados, la precariedad de las viviendas que a duras penas se sostienen en
estos terrenos.
La fuerza que surge de esta
película es una que recae enormemente y necesita, como es basada en hechos
reales, del contexto histórico que quiere retratar. La angustia del personaje
principal que encarna a su vez la cotidiana realidad de muchos otros jóvenes
desafortunados de esta sociedad que como Ronald, se las arreglan para vivir el
día a día sin nada asegurado y que esta incertidumbre los obliga a tomar decisiones
desesperadas cuyos desenlaces son totalmente los inesperados y perjudiciales.
Una historia con un tono muy
documental pero que, claro está, cuenta con ventajas que sólo la ficción se
puede dar el lujo de explotar. El drama de la supervivencia diaria y el
conflicto social con el resto de personajes reflejan a Ronald a lo largo del
argumento a través de sucesivos altibajos con sus proyectos personajes que
desembocan en un indignante y estremecedor final que cierra rotundamente esa
reflexión sobre los extremos a los que son obligados los jóvenes o cualquier
persona en general cuando carga sobre sus hombros con el temor de un futuro
incierto y casi inexistente, o poco diferente de su presente y la consecuencia
que conlleva, atada al conflicto armado que ya desborda sus propios límites, a
la desaparición en un segundo de toda una vida de problemas, dilemas y
situaciones que todos los días se multiplican en el país. Sin duda un documento
más, pero con un agregado estético, de la mirada que ha recibido el mayor drama
de la sociedad nacional.