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miércoles, 14 de agosto de 2013

“La Chispa de la Vida” Un insecto atrapado en un alfiler

El emperador se sienta en su trono rodeado de todo su séquito. La redondez del teatro está completamente abarrotada de un público expectante por saciar su obsesión con la sangre y el espectáculo. Salen los gladiadores a enfrentar a los leones o a luchar entre ellos. En cualquier momento caerá uno de ellos y el emperador debe decidir, con su pulgar hacia arriba o hacia abajo, si el hombre bajo la armadura sobrevivirá o su existencia culminará en ese instante. Tanto para el público que se place de llenar su sed de sangre como para el emperador verdugo del destino de este hombre, el ser allí caído en la arena no es más que una armadura, un casco y una espada que le da placer a la masa, pero de lo que nunca se preocupará por saber es que detrás de todo este atuendo hay una vida, uno hombre, quizás con una familia que lo vaya a esperar luego de su contienda. En este mismo escenario, pero ya en ruinas, quizás las ruinas morales y éticas en las que se ve sumida la sociedad contemporánea, se sitúa “La Chispa de la Vida”, una historia cuya premisa se refugia dentro del modelo del absurdo para hablar con contundencia y efectividad del producto en el que se ha transformado el hombre en esta sociedad postmoderna.
Roberto Gómez es un publicista víctima más de una crisis que aunque tenga sus raíces en lo financiero, sus alcances sobrepasan las barreras económicas e infectan la moralidad de una sociedad en la que la vida humana se ha transformado en un producto más que las masas quieren consumir con más regularidad. La miseria, la alegría y el drama ya no bastan con situarlos sobre las tablas o que los libros nos desconecten de la monótona cotidianidad. La atención ahora se ha volcado a hacer de la cotidianidad un espectáculo que deshumanice la existencia y la haga un producto en serie que supla la constante y efímera hambre del hombre contemporáneo por ese morbo mediático.
En esta película se reconocen las cualidades superiores con que carga la historia misma y no se hace uso innecesario de subtramas distractoras ni de recursos narrativos que traten, de manera gratuita, despistar al espectador del argumento central que, a fin de cuentas y por sobre la singularidad de cualquier personaje, es lo que enmarca todo el mensaje que delibera esta película. Aquí con lo que se encuentra el espectador es con un relato contado de una manera muy clásica y convencional, con una presentación corta de la vida del protagonista y con un punto de giro contundente y claro que no sólo termina por enganchar hasta el final, sino que detona toda la acción y funciona como el imán que le da toda la unidad al relato. Pero para que este evento tuviera y mantuviera la fuerza tal y como lo hace hasta el clímax con el que se cierra la historia, no basta sólo con que el protagonista se lleve todo el reflector de este relato. Es precisamente la construcción de todo su micro-contexto social, una familia que mantener, que a su vez se ve perjudicado por el macro-contexto, la crisis financiera actual, lo que hace que este acontecimiento alcance las proporciones necesarias para convertirse en una parábola ejemplificadora de esa decadencia que atraviesa a la postmodernidad globalizada de nuestros tiempos.
El conflicto central se simboliza constantemente entre Roberto y su esposa. Él, una ficha más del ajedrez inhumano que es el mundo capitalista y de consumo y ella, la voz de la “razón” que trata todo el tiempo de mantener sus pies sobre la tierra y alejarlo de esa obsesión productiva y generadora de ingresos que priorizan todo el tiempo sus acciones. Aquí vuelve la manera ejemplar con la que se abordó la construcción de este guión, porque quién mejor que un publicista para encarnar todo esa máquina de dinero que ha ido tomándose al mundo contemporáneo. Sólo una persona como él podría ver en el sufrimiento particular (aunque fuera el propio) una oportunidad mediática y a su vez, monetaria, que lo ayudara a salir de la crisis, porque en el fondo no es la fama la mayor de sus preocupaciones, sino el dinero que ésta conlleva. Mientras todas estas obsesiones se van manifestando a lo largo del argumento, la voz de su mujer es como un apaciguador de este monstruo capitalista que se ha tomado a su esposo o que siempre ha estado allí.

Al igual que Gregorio Samsa se levanta de un sueño intranquilo convertido en terrible insecto, así Roberto Gómez no puede ni levantarse pues es el mismo insecto en que lo han transformado. Es ésta una película contundente en su crítica, eficaz en la manera de decir las cosas y que junto con toda la sólida unidad narrativa que la mantiene, termina con un final muy tranquilizador y hasta esperanzador que muestra, aunque de manera melodramática y rimbombante, que entre tanta suciedad y perversión, las víctimas de esta sociedad de consumo siguen siendo humanas. Los de abajo cargan con todas las consecuencias morales que deja la automatización ética de esta época y que tanto la vida como la muerte son sólo un intrascendente espectáculo más.