El emperador se sienta en su
trono rodeado de todo su séquito. La redondez del teatro está completamente
abarrotada de un público expectante por saciar su obsesión con la sangre y el
espectáculo. Salen los gladiadores a enfrentar a los leones o a luchar entre
ellos. En cualquier momento caerá uno de ellos y el emperador debe decidir, con
su pulgar hacia arriba o hacia abajo, si el hombre bajo la armadura sobrevivirá
o su existencia culminará en ese instante. Tanto para el público que se place
de llenar su sed de sangre como para el emperador verdugo del destino de este
hombre, el ser allí caído en la arena no es más que una armadura, un casco y
una espada que le da placer a la masa, pero de lo que nunca se preocupará por
saber es que detrás de todo este atuendo hay una vida, uno hombre, quizás con
una familia que lo vaya a esperar luego de su contienda. En este mismo
escenario, pero ya en ruinas, quizás las ruinas morales y éticas en las que se
ve sumida la sociedad contemporánea, se sitúa “La Chispa de la Vida”, una
historia cuya premisa se refugia dentro del modelo del absurdo para hablar con
contundencia y efectividad del producto en el que se ha transformado el hombre
en esta sociedad postmoderna.
Roberto Gómez es un
publicista víctima más de una crisis que aunque tenga sus raíces en lo
financiero, sus alcances sobrepasan las barreras económicas e infectan la
moralidad de una sociedad en la que la vida humana se ha transformado en un
producto más que las masas quieren consumir con más regularidad. La miseria, la
alegría y el drama ya no bastan con situarlos sobre las tablas o que los libros
nos desconecten de la monótona cotidianidad. La atención ahora se ha volcado a
hacer de la cotidianidad un espectáculo que deshumanice la existencia y la haga
un producto en serie que supla la constante y efímera hambre del hombre
contemporáneo por ese morbo mediático.
En esta película se
reconocen las cualidades superiores con que carga la historia misma y no se hace
uso innecesario de subtramas distractoras ni de recursos narrativos que traten,
de manera gratuita, despistar al espectador del argumento central que, a fin de
cuentas y por sobre la singularidad de cualquier personaje, es lo que enmarca
todo el mensaje que delibera esta película. Aquí con lo que se encuentra el
espectador es con un relato contado de una manera muy clásica y convencional,
con una presentación corta de la vida del protagonista y con un punto de giro
contundente y claro que no sólo termina por enganchar hasta el final, sino que
detona toda la acción y funciona como el imán que le da toda la unidad al
relato. Pero para que este evento tuviera y mantuviera la fuerza tal y como lo
hace hasta el clímax con el que se cierra la historia, no basta sólo con que el
protagonista se lleve todo el reflector de este relato. Es precisamente la
construcción de todo su micro-contexto social, una familia que mantener, que a
su vez se ve perjudicado por el macro-contexto, la crisis financiera actual, lo
que hace que este acontecimiento alcance las proporciones necesarias para
convertirse en una parábola ejemplificadora de esa decadencia que atraviesa a
la postmodernidad globalizada de nuestros tiempos.
El conflicto central se simboliza
constantemente entre Roberto y su esposa. Él, una ficha más del ajedrez inhumano
que es el mundo capitalista y de consumo y ella, la voz de la “razón” que trata
todo el tiempo de mantener sus pies sobre la tierra y alejarlo de esa obsesión
productiva y generadora de ingresos que priorizan todo el tiempo sus acciones. Aquí
vuelve la manera ejemplar con la que se abordó la construcción de este guión,
porque quién mejor que un publicista para encarnar todo esa máquina de dinero
que ha ido tomándose al mundo contemporáneo. Sólo una persona como él podría
ver en el sufrimiento particular (aunque fuera el propio) una oportunidad
mediática y a su vez, monetaria, que lo ayudara a salir de la crisis, porque en
el fondo no es la fama la mayor de sus preocupaciones, sino el dinero que ésta
conlleva. Mientras todas estas obsesiones se van manifestando a lo largo del
argumento, la voz de su mujer es como un apaciguador de este monstruo
capitalista que se ha tomado a su esposo o que siempre ha estado allí.
Al igual que Gregorio Samsa
se levanta de un sueño intranquilo convertido en terrible insecto, así Roberto
Gómez no puede ni levantarse pues es el mismo insecto en que lo han
transformado. Es ésta una película contundente en su crítica, eficaz en la
manera de decir las cosas y que junto con toda la sólida unidad narrativa que
la mantiene, termina con un final muy tranquilizador y hasta esperanzador que
muestra, aunque de manera melodramática y rimbombante, que entre tanta suciedad
y perversión, las víctimas de esta sociedad de consumo siguen siendo humanas. Los
de abajo cargan con todas las consecuencias morales que deja la automatización
ética de esta época y que tanto la vida como la muerte son sólo un
intrascendente espectáculo más.