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sábado, 19 de octubre de 2013

“Blue Jasmine”, el precio de la falsedad.

Pocos son los objetos que transforman la vida de un ser humano como lo hace el dinero. Para algunos es una bendición que llega justo en el momento preciso para resolver todos los problemas; otros que viven más acostumbrados a él, lo ven como parte de su cotidianidad y su presencia, o su temporal ausencia, no parece afectarles en nada; pero para aquellos que ven el dinero como un lujo efímero o con funcionalidades estrictamente prácticas, un suplemento que ayuda a sobrevivir, al recibir más de lo que pueden controlar, este exceso puede causar daños colaterales que terminan por transformar sus vidas y su manera de ver el mundo.

Esto es lo que sucede en la vida de Jasmine French. Una mujer de la que sabemos sólo algunos asuntos puntuales de su vida anterior a la llegada del rico magnate de las propiedades que transformará su vida en una endeble burbuja de cristal, que con el tiempo terminó quebrándose en mil pedazos, al igual que ella misma. No fue solo la relación la que le dio un vuelco a su vida, sino todo ese mundo materialista y elitista la que la transformó en una mujer de clase, compradora y cargada de prejuicios para los que no están a su altura, incluyendo su propia hermana. Luego de haber estado en la cumbre de la sociedad, la caída desde aquel cerro puede llegar a ser muy dolorosa y hacer mucho ruido por mucho tiempo; eso fue lo que tuvo que sufrir Jasmine luego de que toda la glamurosa fachada de su vida de plástico se viera opacada por una sucesión de infidelidades de su esposo, algo que desembocaría en el destape de todo el engaño tanto material como ético del que había sido víctima. Pero de esta caída Jasmine no se levanta sola, tiene a su hermana de crianza para apoyarse y halarla a ella hasta su misma condición.

Esta historia de altibajos es contada con la claridad, la fluidez y la maestría que tanto han caracterizado a los universos fílmicos de Woody Allen. Un director necesitado de contar historias y de transfigurar sus obsesiones y frustraciones en personajes que fácilmente son una extensión de sí mismo (o por lo menos del Woody que logramos conocer a través de su cine) y que son una suerte de antihéroes que deben enfrentarse ante sus mismos vicios, salir o no de ellos y terminar rectificando, como sucede esta vez, su misma tragedia. En esta película sucede algo bastante interesante en cuanto a la estructura: si bien se maneja una narración lineal con un desarrollo (o deterioro) de los personajes, en especial de su protagonista, hay momentos claves y enfatizadores de la historia que nos llevan hacia esa otra vida por la cual Jasmine está ahora pagando las consecuencias y de la que el espectador es un impotente testigo. Jasmine llega a esa otra ciudad apartada, tratando de refugiarse bajo el techo de su aún más apartada hermana y lidiando con sus mismos defectos que sin duda la siguen atando inserviblemente a su doloroso pasado y le impiden ver con nuevos y optimistas ojos el futuro que ahora le toca enfrentar. A través de esos incisos con apariencia de flashbacks, el espectador puede ir mesurando y teniendo una perspectiva aún más amplia de cuánto ha caído Jasmine desde que se le fue arrebatada esa vida artificial y cómo son los sufrimientos de ahora en comparación a los de su pasado.

Otro asunto fundamental en el que recae mucha de la fuerza de esta película es su protagonista y al mismo tiempo la actriz que la interpreta. Cate Blanchett es una actriz que navega en los abismos más profundos de la condición de este personaje para presentarla fiel y sin prejuicios como en realidad es; una interpretación que sin duda es la que le da mucha de la unidad al filme y la que permite que las consecuencias de esa mentira por la que Jasmine se esmera todo el tiempo en seguir viviendo se vean de primera mano. El elemento femenino, de esa mujer de clase burguesa que sufre las inclemencias de la sociedad contemporánea, es otro aspecto recurrente que habla mucho del universo “allenístico” que luego de casi 45 películas, ya ha creado sus propias normas y sus propios preceptos de lo que es verosimilitud en aras de proporcionar el efecto que se quiere lograr.

Luego de salir apenas con vida e integridad psicológica de una falsa vida, Jasmine no se rinde y pretende mantener su imagen y su reputación intacta en esta ciudad de San Francisco que funciona más como telón de fondo y cuyo protagonismo pareciera más recaer en el simbolismo, dada su ubicación geográfica totalmente alejada de la Nueva York de la que ella pretende escapar. La vida de esta mujer es una que tiene que pagar el precio de la mentira de la que quiere olvidarse y de la mentira que quiere fabricar, empezando desde su mismo nombre, para encontrar una luz entre tanta obscuridad que se le presenta en un futuro incierto. Un presente que, tanto interna como externamente, le sigue recordando sus errores y sus pasadas angustias con recursos muy del universo de este director en el que los encuentros fortuitos y sorpresivos entre personajes para enfatizar algo no parecen chocar con la fluidez de la historia. Historias que como en esta ocasión, vislumbran un devenir trágico a sus protagonistas; personajes de ese lado humano que muchas veces nos negamos a mirar.