Vivir
en sociedad implica, inevitablemente, estar sujeto a las opiniones y juicios de
las personas que rodean a un individuo. Esta aceptación se magnifica aún más
cuando esa sociedad en la que se está inscrito es una que juzga no sólo por lo
que se es, sino que a eso se le suma una opinión sobre un tema político, un
comportamiento frente al status quo imperante y por supuesto, la capacidad adquisitiva
de la persona. Vivir en un mundo de éstos es como si un potente reflector
siguiera todos tus movimientos y estuviéramos a merced de las miradas de unos
alejados espectadores, cual si fuera una propuesta teatral. Este tono es el que
elije Joe Wright para moldear desde otras perspectivas, la clásica e influyente
historia creada por León Tolstoi, “Anna Karenina”. Una historia que da cuenta
de la intrépida actitud de una mujer de la alta sociedad rusa decimonónica al
desafiar los preceptos sociales motivada por el amor, y que esta vez llega con la delicadeza y obsesión visual de
este director, al cine, transformando esta historia con una propuesta visual
que propone, más que todo desde su puesta en escena y explota los recursos
plásticos y visuales de los escenarios en los que toman lugar las acciones.
Hablar
de adaptaciones literarias (mayoritariamente de novelas) al cine es un asunto
que siempre generará polémica, más que todo en el caso de la fidelidad argumental
para con la obra original. Esta vez, esa fidelidad, como es de esperarse, no se
da en el sentido argumental, pero en cuanto a la concepción romántica, la complejidad
de muchos de los personajes creados por Tolstoi y el acontecer de muchos hechos
indispensables en la historia, esta película cumple en un gran porcentaje, con
esa fidelidad que tanto reclaman los puristas literatos que suelen cegarse a la
idea del diálogo constante entre las artes, porque en esta película, son más de
una de ellas las que se sientan a conversar: es clara la influencia literaria
por su carácter de adaptación, la secuencialidad de la imagen innata en el
cine, un despliegue artístico monumental en los decorados y vestuario, y la que
más sobresale es la arriesgada y, sin duda, novedosa presencia de un tono
teatral explícitamente tratado durante toda la película y en momentos muy
definidos y característicos del argumento.
Al igual
que en la novela original, esta película explora, aunque de manera panorámica,
las vidas de las tres parejas que engloban la idea imperante durante todo este
relato y las conecta a través del mismo, estableciendo las relaciones que crean
los mayores conflictos, ya sea internos o externos, entre los personajes. El
trío amoroso de Anna y su esposo junto con el conde Vronsky; Oblonsky y su
conflictivo matrimonio; y Levin y Kitty en su joven y ascendente relación.
Como
se mencionó anteriormente, el poder persuasivo e innovador de esta película
recae es en esa nueva dimensión en la que se ven transitando los personajes a
medida que se desarrolla el argumento. Ese planteamiento explícito de un
escenario, unas tablas que dejan al descubierto los momentos más personales e
íntimos de Anna y su relación con su familia, más que todo con su hijo; el “destape”
definitivo en sociedad de su polémica relación con el conde Vronsky; y la
utilización del “tras bambalinas”, un espacio en el que se ven las cuerdas,
cables y andamios que yacen tras un escenario y en el que los personajes,
envueltos en sus suntuosos atuendos, se inscriben para observar (y juzgar),
desde lejos, transitando estos espacios, las vidas de sus conciudadanos. La lógica
que propone esta película le dice al espectador cómo ese mundo histriónico e
inmediato del teatro (metáfora a su vez del espectáculo que era y sigue siendo
esta partícula de la sociedad), domina todos los avances de la historia al
jugar con el cambio explícito de los decorados y al situar en este espacio,
todas las reuniones públicas en las que se gestaban todas las “conspiraciones”
sociales alrededor de Anna y sus decisiones de vida.
En
general, es una película que explota, como pocas, todas las posibilidades
técnicas y visuales del cine para crear un ambiente y ponerlo en diálogo con la
lógica del teatro. Como adaptación, rescata muy bien todos esos episodios
definitorios de la vida de la protagonista en cuanto a su transformación al
verse sucumbida a la mirada escrutadora de la sociedad y logra establecer un nuevo
hilo conductor manteniendo una consecuencia de todas las acciones y adaptarlas
al lenguaje cinematográfico. Sin duda una obra novedosa que requiere un
contrato ficcional para con el espectador y que lleva el poder conceptual y
reflexivo del universo fílmico a un nuevo y superior nivel.