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sábado, 18 de mayo de 2013

“The Great Gatsby” Un desbordado romántico.


Las obras cumbres y canónicas de la literatura universal llegan a tener estos calificativos gracias a la universalidad de sus temas, a la manera tan propia y original en la que se ven expuestos estos temas y en lo icónico y representativo de sus situaciones y por sobre todo, sus personajes. Dadas estas condiciones adquiridas por cualquier obra de arte, en este caso la literatura, ésta es totalmente susceptible de pasar por el examen y el análisis de múltiples miradas que quieran reinterpretarla y recrearla haciendo énfasis en los diferentes aspectos de la misma, resaltando uno sobre otro o sobredimensionándolos para transformar de alguna manera la idea original de la obra en sí. Esto es lo que ha sucedido esta y otras veces anteriores con la obra cumbre de uno de los escritores de la generación perdida norteamericana, F. Scott Fitzgerald llevada al cine en múltiples ocasiones y esta vez por el visionario Baz Luhrman. Un director que siempre apunta a una imagen suntuosa, majestuosa que explote todas las posibilidades narrativas, tanto en sus decorados como en la interioridad de sus personajes, porque sus películas no son sólo pirotecnia vacía y efímera, no, toda esa luminosidad y ese esplendor están enmarcando historias profundas y conflictivas de unos personajes sólidos y bastante característicos, y ésta no es la excepción.

Siendo fiel a su estética y a un estilo en el que el color, las luces, los monumentales decorados y la música como indispensable compañera de la imagen, Luhrman mantiene la unidad narrativa del relato original de Fitzgerald, pero elige por llevar esa dimensión de celebridad en la época del jazz con la que se vio envestido el protagonista de esta historia. Vestuarios brillantes y pomposos, decorados majestuosos con brillos, colores y formas infinitas es lo que abunda en las fiestas de Gatsbyf y todo aquí es llevado a proporciones monumentales. Lo que quedaba escuetamente sugerido y arbitrariamente descrito en la novela (como sucede en cualquier descripción literaria, por explícita que quiera serlo), en este película se ve la mansión gótica de Gatsby y el desbordado esplendor de sus fiestas.

En cuanto a la trama, se ha demostrado que, junto con las demás adaptaciones que se han hecho de esta novela, es una historia que fácilmente se adapta al lenguaje cinematográfico: tiene la participación de pocos y específicos personajes, espacios claros y las acciones toman lugar con diálogos claros y con poco o casi ningún tono literario en ellos. También hay algo que hace de esta película una más sólida en cuanto a su relación con la obra original y en cuanto a su autonomía como obra fílmica, que es la justificación dentro de su estructura propia de la voice-over que acompaña todo el relato. A diferencia de la labor llevada a cabo por Francis Ford Coppola en el 74 al adaptar la misma novela, esta vez esa voz, esos comentarios y reflexiones que se hacen sobre los personajes, sus relaciones y motivaciones, no surge de la nada, sino que se plantea a Nick Carraway, al igual que en las letras de Fitzgerald, como el narrador y escritor de la historia que estamos atestiguando. Un muy buen recurso que termina de unir las dimensiones y capacidades narrativas tanto del universo fílmico como del literario.

En general, es una película que moderniza esta clásica y trágica historia de amor en la que mirar hacia el pasado puede llegar a ser el único consuelo en una vida de opulencia pero que al mismo tiempo la soledad entre tanto esplendor y lo vacío de la existencia, puede llegar a ser el detonante de las acciones más desafiantes del status quo imperante. Una obra que enfatiza en la dimensión artística de la imagen y colma a sus personajes de unos espacios que llevan hasta su máxima expresión la opulencia y belleza que al igual que los protagonistas, imperaba en hacer creer al mundo la solidez de un exterior que cubriera un débil y frágil interior.