Las
obras cumbres y canónicas de la literatura universal llegan a tener estos
calificativos gracias a la universalidad de sus temas, a la manera tan propia y
original en la que se ven expuestos estos temas y en lo icónico y
representativo de sus situaciones y por sobre todo, sus personajes. Dadas estas
condiciones adquiridas por cualquier obra de arte, en este caso la literatura,
ésta es totalmente susceptible de pasar por el examen y el análisis de
múltiples miradas que quieran reinterpretarla y recrearla haciendo énfasis en
los diferentes aspectos de la misma, resaltando uno sobre otro o
sobredimensionándolos para transformar de alguna manera la idea original de la
obra en sí. Esto es lo que ha sucedido esta y otras veces anteriores con la
obra cumbre de uno de los escritores de la generación perdida norteamericana,
F. Scott Fitzgerald llevada al cine en múltiples ocasiones y esta vez por el
visionario Baz Luhrman. Un director que siempre apunta a una imagen suntuosa,
majestuosa que explote todas las posibilidades narrativas, tanto en sus
decorados como en la interioridad de sus personajes, porque sus películas no
son sólo pirotecnia vacía y efímera, no, toda esa luminosidad y ese esplendor
están enmarcando historias profundas y conflictivas de unos personajes sólidos
y bastante característicos, y ésta no es la excepción.
Siendo
fiel a su estética y a un estilo en el que el color, las luces, los
monumentales decorados y la música como indispensable compañera de la imagen,
Luhrman mantiene la unidad narrativa del relato original de Fitzgerald, pero
elige por llevar esa dimensión de celebridad en la época del jazz con la que se
vio envestido el protagonista de esta historia. Vestuarios brillantes y
pomposos, decorados majestuosos con brillos, colores y formas infinitas es lo
que abunda en las fiestas de Gatsbyf y todo aquí es llevado a proporciones
monumentales. Lo que quedaba escuetamente sugerido y arbitrariamente descrito
en la novela (como sucede en cualquier descripción literaria, por explícita que
quiera serlo), en este película se ve la mansión gótica de Gatsby y el
desbordado esplendor de sus fiestas.
En cuanto
a la trama, se ha demostrado que, junto con las demás adaptaciones que se han
hecho de esta novela, es una historia que fácilmente se adapta al lenguaje
cinematográfico: tiene la participación de pocos y específicos personajes, espacios
claros y las acciones toman lugar con diálogos claros y con poco o casi ningún
tono literario en ellos. También hay algo que hace de esta película una más
sólida en cuanto a su relación con la obra original y en cuanto a su autonomía
como obra fílmica, que es la justificación dentro de su estructura propia de la
voice-over que acompaña todo el relato. A diferencia de la labor llevada a cabo
por Francis Ford Coppola en el 74 al adaptar la misma novela, esta vez esa voz,
esos comentarios y reflexiones que se hacen sobre los personajes, sus relaciones
y motivaciones, no surge de la nada, sino que se plantea a Nick Carraway, al
igual que en las letras de Fitzgerald, como el narrador y escritor de la
historia que estamos atestiguando. Un muy buen recurso que termina de unir las
dimensiones y capacidades narrativas tanto del universo fílmico como del
literario.
En general,
es una película que moderniza esta clásica y trágica historia de amor en la que
mirar hacia el pasado puede llegar a ser el único consuelo en una vida de
opulencia pero que al mismo tiempo la soledad entre tanto esplendor y lo vacío
de la existencia, puede llegar a ser el detonante de las acciones más
desafiantes del status quo imperante. Una obra que enfatiza en la dimensión
artística de la imagen y colma a sus personajes de unos espacios que llevan
hasta su máxima expresión la opulencia y belleza que al igual que los
protagonistas, imperaba en hacer creer al mundo la solidez de un exterior que
cubriera un débil y frágil interior.