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miércoles, 2 de marzo de 2016

¿A qué te sabe el cuento?


Estimado lector:
A menos de que seas ciego o analfabeta, sabemos por antelación que usas los ojos para leer. Tu imaginación se alimenta de todos esos universos construidos en el vasto mundo de la literatura, gracias a las letras que se impregnan en tus ojos y juntas forman palabras que configuran sentidos en tu cabeza. Si le estás leyendo a alguien más que no tiene cercanía visual con el texto, empiezas a mandarle señales a tu lengua para que retorciéndose dentro de tu boca, y ésta al mismo tiempo moviéndose hacia adentro y afuera, produzcan sonidos que puedan exportar esa interioridad, esa complicidad entre el texto y tú a múltiples oyentes o espectadores. Pero también esos mismos sonidos son producidos de manera imaginaria en tu cabeza cuando tu lectura es sólo tuya y de nadie más.
Como habrás podido ver, varios son los sentidos que se inmiscuyen a la hora de enfrentarte a un texto escrito. El texto no solo lo lees, hay algo más importante detrás: lo sientes. Desde la mecánica actividad de percibir el objeto de papel o electrónico en el que está, hasta el estremecimiento que se te levanta en la piel cuando lo que lees te desborda, te angustia de tal manera que tu cuerpo solo no lo puede contener. Casi igual a como si te alimentaras de tu comida favorita. Se te hace agua la boca, hay una ansiedad para el antes de y una sensación de satisfacción luego de que terminas.
El escritor es como una especie de cocinero. Primero reúne todos los ingredientes. Sale al mundo a buscar la materia prima para cocinar su obra y la empieza a transformar en el lenguaje escrito que yace en las páginas. Prueba todas las combinaciones posibles hasta que queda medianamente satisfecho con lo que hizo y un horno llamado editorial le da la forma final al plato que terminará en tu mesa. A partir de ahí todo depende de ti. Eres el comensal que le debe dar sentido a la existencia de ese plato. Lo devoras a veces con rapidez y la digestión la haces de la misma manera, o te tomas tu tiempo para disfrutar cada bocado, mientras tu cuerpo asimila cada cucharada de lo que te estás comiendo terminando por expulsar un gran eructo de satisfacción, pero parece que no te llenaras y buscas más y más platos de un mismo cocinero, o buscas otro tipo de chefs que te presenten platos distintos. Unos más arriesgados que otros, con sabores más exóticos. Unos que requieren más tiempo para ingerir. Novelas densas y picantes que te exigen paciencia para poder ingerir, poemas ligeros y sonoros que le caen muy bien a tu estómago.
Así sin más, empiezas a probar los sabores del mundo. ¿A qué te sabe la historia de una mujer aristócrata que comete adulterio para estar con el amor de su vida y termina consumida por los celos? ¿A qué el relato de la cucaracha que se apodera del cuerpo de un trabajador y lo deja encerrado en su cuarto? ¿Cómo llega a tu boca ese poema épico en que los dioses deciden qué hacer con los humanos mientras se pelean en las puertas de una ciudad? ¿A qué te sabe un ensayo lleno de ricos recursos e ideas audaces? ¿A qué te sabe el cuento con su final sorpresivo, su intensidad argumental y su anécdota increíble?

Tienes, amigo lector, toda una vida para averiguarlo. La mesa está servida.

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