A
menos de que seas ciego o analfabeta, sabemos por antelación que usas los ojos
para leer. Tu imaginación se alimenta de todos esos universos construidos en el
vasto mundo de la literatura, gracias a las letras que se impregnan en tus ojos
y juntas forman palabras que configuran sentidos en tu cabeza. Si le estás
leyendo a alguien más que no tiene cercanía visual con el texto, empiezas a
mandarle señales a tu lengua para que retorciéndose dentro de tu boca, y ésta
al mismo tiempo moviéndose hacia adentro y afuera, produzcan sonidos que puedan
exportar esa interioridad, esa complicidad entre el texto y tú a múltiples
oyentes o espectadores. Pero también esos mismos sonidos son producidos de
manera imaginaria en tu cabeza cuando tu lectura es sólo tuya y de nadie más.
Como
habrás podido ver, varios son los sentidos que se inmiscuyen a la hora de
enfrentarte a un texto escrito. El texto no solo lo lees, hay algo más
importante detrás: lo sientes. Desde la mecánica actividad de percibir el
objeto de papel o electrónico en el que está, hasta el estremecimiento que se
te levanta en la piel cuando lo que lees te desborda, te angustia de tal manera
que tu cuerpo solo no lo puede contener. Casi igual a como si te alimentaras de
tu comida favorita. Se te hace agua la boca, hay una ansiedad para el antes de
y una sensación de satisfacción luego de que terminas.
El escritor
es como una especie de cocinero. Primero reúne todos los ingredientes. Sale al
mundo a buscar la materia prima para cocinar su obra y la empieza a transformar
en el lenguaje escrito que yace en las páginas. Prueba todas las combinaciones
posibles hasta que queda medianamente satisfecho con lo que hizo y un horno
llamado editorial le da la forma final al plato que terminará en tu mesa. A partir
de ahí todo depende de ti. Eres el comensal que le debe dar sentido a la
existencia de ese plato. Lo devoras a veces con rapidez y la digestión la haces
de la misma manera, o te tomas tu tiempo para disfrutar cada bocado, mientras
tu cuerpo asimila cada cucharada de lo que te estás comiendo terminando por
expulsar un gran eructo de satisfacción, pero parece que no te llenaras y buscas
más y más platos de un mismo cocinero, o buscas otro tipo de chefs que te
presenten platos distintos. Unos más arriesgados que otros, con sabores más
exóticos. Unos que requieren más tiempo para ingerir. Novelas densas y picantes
que te exigen paciencia para poder ingerir, poemas ligeros y sonoros que le
caen muy bien a tu estómago.
Así sin
más, empiezas a probar los sabores del mundo. ¿A qué te sabe la historia de una
mujer aristócrata que comete adulterio para estar con el amor de su vida y termina
consumida por los celos? ¿A qué el relato de la cucaracha que se apodera del
cuerpo de un trabajador y lo deja encerrado en su cuarto? ¿Cómo llega a tu boca
ese poema épico en que los dioses deciden qué hacer con los humanos mientras se
pelean en las puertas de una ciudad? ¿A qué te sabe un ensayo lleno de ricos
recursos e ideas audaces? ¿A qué te sabe el cuento con su final sorpresivo, su
intensidad argumental y su anécdota increíble?
Tienes,
amigo lector, toda una vida para averiguarlo. La mesa está servida.

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