Todo parece ordinario, pero hay
algo en el aire que indica lo contrario. No son los diversos afiches de
muchachas en posiciones imposibles que empapelan las carteleras. No deben
gastar mucho presupuesto en eso. Vista una, vistas todas las demás. Tampoco es
la señora ya de edad que, vestida con un suéter blanco con flores bordadas, nos
vende dos entradas sin preguntarnos para qué película vamos, qué función o si
queremos en el fondo, en la mitad, en el pasillo o cerca a la puerta. Son dos
pequeños tiquetes los que nos entrega y nos dan vía libre a través de la
cortina de terciopelo rojo que aleja al mundo exterior de esta gran sala.
Lo que la diferencia de cualquier
otra sala de cine son las cabezas solitarias y dispersas que vemos al entrar a
la sala. Muchas encanecidas, otras con poco pelo, pero todas de hombres.
Aisladas unas de otras como pequeñas islas en el océano.
Es una sala grande, con una luz
tenue que ilumina el pasillo para saber por dónde se camina y no pisar nada ni
a nadie extraño. La pared superior es ondulada y así la vibración de los
parlantes le pueda llegar tanto al de la primera fila (que hoy está desierta)
como a nosotros que yacemos en la última, a unos cuantos centímetro de la pared
donde se empiezan a acomodar señores esperando que empiece la función.
Suena una música para llenar el
silencio antes de que se vayan a llenar otras cosas. En las paredes hay varios
letreros luminosos que prohíben fumar y a esos se le suman dos que dan cuenta
de que en este lugar nadie ha perdido nada: ni su dignidad ni su honra ni su
buen nombre. Bajo este par de manchas rojas hay dos puertas que les dan la
bienvenida tanto a las “Damas” como a los “Caballeros”. Así es, todas esas
cabezas dispersas por la sala, acomodadas en sus butacas y mirando con silencio
la pantalla que aún es blanca, le pertenecen a un grupo de caballeros; hombres,
que según la entrada al baño, no han dejado de ser dignos de este título solo
porque se encuentren aquí y ahora albergados por esta oscuridad. Y tampoco las
señoras y señoritas o los señores en ropa de ellas que caminan con gracia por
los corredores han perdido su dignidad y siguen siendo damas. Tanto, que a la
entrada si eres heterosexual y vas con tu pareja, “la dama no paga”.
Empiezan a aparecer figuras
difusas en la pantalla y mientras el proyector coge fuerza, las luces se apagan
y por fin da inicio a la función. “Nosotros respetamos su derecho a morir, por
favor respete nuestro derecho a vivir”. Con esta consigna se inaugura el
preludio al sexo ajeno. Alrededor de 20 o 25 imágenes alusivas al no consumo de
cigarrillo dentro de la sala se empiezan a proyectar. Una de un simple
cigarrillo con una equis, otra de una caricatura de un cigarrillo fumando
cigarrillo rodeado de humo y con el círculo de prohibido encima, otra de una
mano sosteniendo el cigarrillo y soltando humo desde el borde con el mismo
signo de prohibido tapizándolo y así una variedad casi incontable de imágenes,
como si cada una estuviera dirigida a un espectador distinto. En Sinfonía se
toman muy en serio la salud de sus asistentes.
La propaganda anti tabaco ha
terminado y la función, oficialmente, ha comenzado. Estamos los dos en una
esquina mirando la secuencia inicial de la película. Una chica, en su cama,
chateando por su celular. Sonriendo, jugando con su pelo y mandando mensajes.
El chat termina y es como si nos hubiéramos subido al DeLorean y viajado al
futuro, porque la elipsis más grande acaba de ocurrir. En menos de diez
segundos, el hombre con el que ella chateaba y al que le envió cuatro o cinco mensajes,
yace en su cama, sin camisa, pero aún con el pantalón puesto, jugando con sus
labios, los que tiene entre las piernas, mientras ella se retuerce con un
placer exagerado y actuado digno de esa gran pantalla. Los sonidos empiezan a emerger
de la oscuridad. La esquina en la que estamos está misteriosamente concurrida.
Allá llegan todos. Se paran uno al lado del otro y hasta se “dan una mano” para
hacer de la experiencia más potente. Las hebillas están sonando, los cierres
abajo, el roce entre pantalones también se siente. Nos movemos como por
instinto para entrar al cuarto de los caballeros y cuando salimos, encontramos
puesto muy lejos de la esquina concurrida de caballeros que ni se atreven a
sentarse.
La película sigue su curso. Los
chateadores están uno encima del otro, uno debajo del otro. Hay penetración en
toda la pantalla y movimientos en toda la sala. Entran y salen del cuarto de
los caballeros. Siguen llegando espectadores, pues para esta película no tiene
nada de extraño llegar tarde a la función. No deja de ser una sala de cine en
la que sus asistentes mantienen los mismos hábitos molestos: celulares suenan,
la gente contesta, dicen estar escampándose por la lluvia y no falta el que
hace visita mientras los demás civilizados consumidores quieren ver la película
por la que pagaron en paz.
La escena termina, la cara de la
muchacha se baña en blanco y sus ojos grandes, y por supuesto seductores, miran
a la cámara como invitando frustradamente a los caballeros a seguir.
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