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jueves, 14 de abril de 2016

Los caballeros de la sala oscura

Todo parece ordinario, pero hay algo en el aire que indica lo contrario. No son los diversos afiches de muchachas en posiciones imposibles que empapelan las carteleras. No deben gastar mucho presupuesto en eso. Vista una, vistas todas las demás. Tampoco es la señora ya de edad que, vestida con un suéter blanco con flores bordadas, nos vende dos entradas sin preguntarnos para qué película vamos, qué función o si queremos en el fondo, en la mitad, en el pasillo o cerca a la puerta. Son dos pequeños tiquetes los que nos entrega y nos dan vía libre a través de la cortina de terciopelo rojo que aleja al mundo exterior de esta gran sala.

Lo que la diferencia de cualquier otra sala de cine son las cabezas solitarias y dispersas que vemos al entrar a la sala. Muchas encanecidas, otras con poco pelo, pero todas de hombres. Aisladas unas de otras como pequeñas islas en el océano.

Es una sala grande, con una luz tenue que ilumina el pasillo para saber por dónde se camina y no pisar nada ni a nadie extraño. La pared superior es ondulada y así la vibración de los parlantes le pueda llegar tanto al de la primera fila (que hoy está desierta) como a nosotros que yacemos en la última, a unos cuantos centímetro de la pared donde se empiezan a acomodar señores esperando que empiece la función.

Suena una música para llenar el silencio antes de que se vayan a llenar otras cosas. En las paredes hay varios letreros luminosos que prohíben fumar y a esos se le suman dos que dan cuenta de que en este lugar nadie ha perdido nada: ni su dignidad ni su honra ni su buen nombre. Bajo este par de manchas rojas hay dos puertas que les dan la bienvenida tanto a las “Damas” como a los “Caballeros”. Así es, todas esas cabezas dispersas por la sala, acomodadas en sus butacas y mirando con silencio la pantalla que aún es blanca, le pertenecen a un grupo de caballeros; hombres, que según la entrada al baño, no han dejado de ser dignos de este título solo porque se encuentren aquí y ahora albergados por esta oscuridad. Y tampoco las señoras y señoritas o los señores en ropa de ellas que caminan con gracia por los corredores han perdido su dignidad y siguen siendo damas. Tanto, que a la entrada si eres heterosexual y vas con tu pareja, “la dama no paga”.

Empiezan a aparecer figuras difusas en la pantalla y mientras el proyector coge fuerza, las luces se apagan y por fin da inicio a la función. “Nosotros respetamos su derecho a morir, por favor respete nuestro derecho a vivir”. Con esta consigna se inaugura el preludio al sexo ajeno. Alrededor de 20 o 25 imágenes alusivas al no consumo de cigarrillo dentro de la sala se empiezan a proyectar. Una de un simple cigarrillo con una equis, otra de una caricatura de un cigarrillo fumando cigarrillo rodeado de humo y con el círculo de prohibido encima, otra de una mano sosteniendo el cigarrillo y soltando humo desde el borde con el mismo signo de prohibido tapizándolo y así una variedad casi incontable de imágenes, como si cada una estuviera dirigida a un espectador distinto. En Sinfonía se toman muy en serio la salud de sus asistentes.

La propaganda anti tabaco ha terminado y la función, oficialmente, ha comenzado. Estamos los dos en una esquina mirando la secuencia inicial de la película. Una chica, en su cama, chateando por su celular. Sonriendo, jugando con su pelo y mandando mensajes. El chat termina y es como si nos hubiéramos subido al DeLorean y viajado al futuro, porque la elipsis más grande acaba de ocurrir. En menos de diez segundos, el hombre con el que ella chateaba y al que le envió cuatro o cinco mensajes, yace en su cama, sin camisa, pero aún con el pantalón puesto, jugando con sus labios, los que tiene entre las piernas, mientras ella se retuerce con un placer exagerado y actuado digno de esa gran pantalla. Los sonidos empiezan a emerger de la oscuridad. La esquina en la que estamos está misteriosamente concurrida. Allá llegan todos. Se paran uno al lado del otro y hasta se “dan una mano” para hacer de la experiencia más potente. Las hebillas están sonando, los cierres abajo, el roce entre pantalones también se siente. Nos movemos como por instinto para entrar al cuarto de los caballeros y cuando salimos, encontramos puesto muy lejos de la esquina concurrida de caballeros que ni se atreven a sentarse.

La película sigue su curso. Los chateadores están uno encima del otro, uno debajo del otro. Hay penetración en toda la pantalla y movimientos en toda la sala. Entran y salen del cuarto de los caballeros. Siguen llegando espectadores, pues para esta película no tiene nada de extraño llegar tarde a la función. No deja de ser una sala de cine en la que sus asistentes mantienen los mismos hábitos molestos: celulares suenan, la gente contesta, dicen estar escampándose por la lluvia y no falta el que hace visita mientras los demás civilizados consumidores quieren ver la película por la que pagaron en paz.


La escena termina, la cara de la muchacha se baña en blanco y sus ojos grandes, y por supuesto seductores, miran a la cámara como invitando frustradamente a los caballeros a seguir.   

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