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lunes, 28 de diciembre de 2020

“A Hidden Life”, o la trascendencia de lo simbólico.




Para Franz Jägerstätter, el héroe discreto de esta historia, levantar un paraguas mal puesto mientras está esposado o ayudarle a una anciana a acomodar su maleta en la gaveta alta del tren, también estando esposado y escoltado por un policía del régimen nazi, son acciones igual de válidas y correctas al hecho de negarse a jurarle lealtad a un líder malvado y a una idea de nación con la que no se está de acuerdo. Ese es el fuego que mantendrá viva esta historia en la que un hombre, fiel a sus principios y a la importancia que ante la sociedad tienen, vivirá las consecuencias dentro del corazón mismo del nazismo de oponerse abiertamente al status quo del fascismo hitleriano. 

 

Terrence Malick es un director que ya ha establecido, a lo largo de casi todas sus películas, un sello particular y una forma única de contar sus historias. Los largos planos secuencia con fluidos movimientos de cámara y lentes que distorsionan la perspectiva, la profundidad de campo marcada que abarca amplias locaciones y la voice over de sus personajes que le susurran al oído al espectador, ayudando a narrar y a contextualizar lo que muestra, mientras reflexionan sobre la ficción de la cual hacen parte, son solo algunos de los elementos que hacen del cine de Malick reconocible desde cualquier perspectiva. Esta vez, esos mismos elementos confluyen para contar una historia de resiliencia, devoción ante los símbolos y lealtad hacia sí mismo. 

 

Para Franz, un ordinario campesino austriaco, su familia y su fe son los dos pilares que lo levantan cada mañana a trabajar la tierra y los animales y luchar porque sus hijas y su esposa conserven su tranquila vida. Todo esto cambiará cuando los aviones de guerra empiezan a surcar los cielos de su remota aldea y el inminente llamado a enlistarse en el ejército a proteger la patria y los ideales de una guerra que se le presenta como “justa”, empieza a hacerse realidad. Es aquí donde el conflicto principal de esta historia aparece y donde la tenacidad inquebrantable del héroe se pone todo el tiempo a prueba. Uno a uno, tanto aldeanos, guías espirituales y los mismos policías que viven para castigarlo, empezarán a tratar de debilitar su fe, recalcando el duro hecho de que sus mínimas y discretas acciones tendrán casi ningún efecto en el desenlace de la guerra y que probablemente nadie vaya a notar (y valorar) su fidelidad hacia sí mismo de negarse a expresar públicamente una lealtad hacia alguien y algo con lo que no está de acuerdo. 

 

Y es precisamente ese el tema que Malick quiere ilustrar con esta suerte de parábola contemporánea. Para Franz, las consecuencias de sus decisiones parecen no atormentarlo, o al menos no tanto como para desestimar el peso social que caerá sobre su familia dada su disidencia explícita en un momento tan crítico como el que está atravesando. En varias ocasiones vemos claras sus convicciones y su devoción. En su misma casa los íconos religiosos son protagonistas en cada momento. Esa prevalencia de la imagen tiene tanto poder para él, que verse a sí mismo levantando la mano jurando lealtad incondicional al führer, aunque, como se lo dice un sacerdote, “lo que hay en su corazón es lo que le importa a Dios”, para él es inaceptable. La distancia temporal y el conocimiento de los hechos puede provocar en el espectador cierta sensación de impotencia e incluso de reproche hacia Franz, pero Malick lo expone sin juicio alguno. Incluso, en palabras del mismo Franz, nos desliga a los espectadores de apuntar el dedo al soldado nazi.


Son ese tipo de acciones, que pasan desapercibidas en los grandes relatos históricos y que, es verdad, no causan un gran impacto en el resultado de un acontecimiento histórico, las que en últimas dignifican al hombre. Esa vida oculta que desde el anonimato de sus dueños enaltece la bondad del mundo, su mundo, y pese a las devastadoras circunstancias, trascienden en el tiempo. 


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