Esta magistral escena es una de las múltiples metáforas con las que Damien Chazelle nos deleita durante un poco más de tres horas mientras nos dejamos llevar por lo estruendoso, turbulento, pero al mismo tiempo nostálgico y evocador universo de Babylon. Una película que llega a inscribirse dentro del mundo de la autorreferencialidad para reflexionar sobre el papel del cine en la sociedad y, más precisamente, los efectos que tiene sobre los artesanos que lo hicieron y siguen haciendo posible.
El contexto es California a finales de los años 20 y lo que fue un novedoso invento óptico ya se ha consolidado como una de las formas de entretenimiento más importantes de la sociedad americana. Tanto así que el llamado star system se toma las páginas de los periódicos y los actores y actrices son venerados y perseguidos por fanáticos cual figuras de culto. También todo lo que rodea a esas figuras casi mitológicas es todo ese exceso que el estar siempre bajo el reflector y la adulación de públicos masivos te da casi por añadidura. Fiestas en mansiones con música, licor, drogas, sexo, animales exóticos, en fin, descontrol puro en una de las sociedades más puritanas del siglo XX.
Y a medida que vemos las exóticas vidas de estos personajes, sus evoluciones e involuciones, también somos testigos de la metamorfosis del verdadero protagonista de esta historia: el cine mismo. El mismo actor del principio está ávido por llevar el cine a otro nivel e incluso por defender a muerte la dimensión artística de lo que en su momento aún se consideraba como entretenimiento corriente. La irrupción del sonido que haría del cine una actividad completamente distinta de lo que era hasta entonces y lo aparatoso y complicado que se volvió la grabación de imagen y sonido al mismo tiempo, lo veremos acá como una especie de animal salvaje que los directores y productores tuvieron que aprender a domar para hacer de las películas nuevas formas de arte. Era tanto el esfuerzo que tomaba cada plano y cada toma perfectamente ejecutadas que se celebraba como si de un gol en una final se tratase. El cine conmovía tanto e incluso más sin siquiera haber visto la luz en la oscuridad de una sala.
Desde la intensidad de Whiplash y por supuesto con la amada La La Land, Chazelle nunca ha mermado su ambición desde la fotografía, puesta en escena y ni hablar de la música y la banda sonora. En Babylon todos esos elementos vuelven a ser protagonistas, como no podrían dejar de serlo. En una película en la que se habla de cine, la forma tendría siempre que salir a relucir.
Las secuencias finales son una especie de mano amiga que llega a consolar al espectador sobrecogido por la catarsis de la que trata de recuperarse luego de ver cómo el cine mismo, ese que elevó por sobre todo a las estrellas que nos conmovieron y lo siguen y seguirán haciendo, las entierra y devora hasta el punto de acabar con sus vidas. Esas que suceden fuera de las cámaras, los abrasadores reflectores y los delicados micrófonos. Una especie de resumen ejecutivo de lo que fue y ha sido la historia del cine desde el descubrimiento de la mal llamada “persistencia retiniana” hasta la creación de mundos imposibles en la era digital es lo que nos impulsa a salir de Babylon. A salir con la idea de que el cine estuvo antes que nosotros y lo seguirá estando cuando ya no seamos más que recuerdos, fotogramas o planos en la memoria de los otros y que el cine, como la vida misma, es inabarcable.

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