“Errare humanun est”. Recita la clásica expresión latina en donde se deja por sentado la naturaleza equívoca y errónea del ser humano. El hecho de que equivocarse es tan natural y tan nuestro como lo es asustarse, respirar o la mismísima muerte. Entre esa naturaleza humana del error se han manifestado los estragos más devastadores de la historia de la humanidad: guerra tras guerra tras guerra, sean civiles o mundiales han acabado con todo y todos, y aunque desafortunado para la sociedad, han hecho del arte su más comprometido fanático y crítico al mismo tiempo. Por supuesto Colombia no se escapa a estos errores y “Los Colores de la Montaña” muestra de la manera más dramática y emotiva las consecuencias que puede traer este conflicto a los más vulnerables e inocentes de esta guerra, los niños. Que se une a las demás que acaban o rectifican la humanidad del hombre.
Éste es un relato que toma como punto de vista central a un tradicional niño campesino de los montes colombianos. Unos escenarios bien caracterizados y en general un grupo de protagonistas que hacen ver la realidad palpable de las verdaderas víctimas, cuyo único “pecado” fue llevar una vida tranquila y hacer lo posible por mantener la paz y la integridad en sus respectivas tierras. Acompaña a todos estos elementos, una estructura narrativa que presenta el conflicto central desde los primeros momentos, al tiempo que se muestran las vidas cotidianas de las personas que, quiéranlo o no, se ven inmiscuidas en este problema.
Definitivamente una fotografía que resalta los escenarios rurales. Deja ver en todo su esplendor los fondo montañosos, los empolvados caminos y las tradicionales y típicas fincas que acogen a estos simples y trabajadores campesinos; sin embargo, se mantiene el interés, sin dejar de lado los escenarios, en los mismos personajes, pues se evidencia un muy buen uso de los teleobjetivos para realzar las figuras humanas sobre los fondos y dar prioridad en las acciones de los personajes, algo que sin duda ayuda a intensificar más la fuerza psicológica y las reacciones que acompañan esta historia repleta de sorpresas y obstáculos. También desde una muy bien lograda dirección de arte se exponen muy bien las tradiciones y actividades cotidianas que acompañan a estas personas, como el ordenar, la cocina cacera y la intimidad y cercanía del interior de estas acogedoras y simples fincas.
Manuel, como personaje principal, es tomado como modelo para simbolizar la inocencia y el efecto que trae consigo este desastroso conflicto. Con situaciones muy cotidianas del universo de la niñez, enmarcadas dentro del contexto campirano, se muestra como, con la incidencia del enemigo bien caracterizado y más que conocido, se va desquebrajando esta vida simple y buena que debería acompañar a un niño del campo: estudiar, jugar, crecer, ser niño. Un arrebato despiadado de todas estas cosas que acompañan a cualquier niño en el esplendor de sus años más libres y alegres, es lo que nos muestra esta historia: la educación, la diversión, un hogar una familia, un amigo, todo sepultado para siempre bajo las balas y los camuflados que arrasan sobre cualquier rama o árbol que se les cruce en sus objetivos. También juega un papel fundamental la amistad y el compañerismo que son mostrados en todo su esplendor y son desarrollados de igual manera bajo el yugo y la represión de estos enemigos y usurpadores del campo. Con una perseverancia acompañada de terquedad se construye le que es quizás uno de los conflictos más emotivos de esta historia. El hecho de querer recuperar el balón, que simboliza más que un juego, más que un deporte; simboliza esa diversión arrebatada y casi destruida. Un factor, la evasión, se mantiene constante durante toda la historia, al tomar como referencia la visión de un niño que trata de escaparle a estos problemas de adultos, pues en todos los momentos de tensión de la historia se muestra a Manuel alejado consciente o inconscientemente de estas situaciones.
Es sin duda uno de los retratos más emotivos y dramáticos que se han hecho del conflicto armado en el país. Una muestra magistral de los afectados directos de este problema y el hecho de verlo desde abajo, desde la infante faceta de un niño, le da más carga emocional y psicológica al relato, cuyo final es otro comienzo de otra historia casi tan dura y cruel como la vivida, que se gesta en un escenario opuesto: la ciudad, el desplazamiento.
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