El conformismo ha cobrado
una enorme importancia en la psiquis del hombre moderno y/o contemporáneo. Ya
sea por la frustración e incapacidad con la que regularmente se cuenta a la
hora de enfrentar cualquier problemática mundial o personal que haya sido producida
por todo un contexto exterior al propio, o por una simple indiferencia que
optamos por asumir porque simplemente no queremos lidiar con problemas
existenciales que nos compliquen aún más la vida. Este dilema es expuesto con
una ya clásica estructura y un tratamiento recurrente en la obra del director
Woody Allen, en esta película en la que el humor y la exposición ideológica de
este excepcional autor son llevadas hasta su más alto nivel.
Una de las cosas más
interesantes y atrayentes de este film, es cómo le ocurren las cosas a su
protagonista, quien goza de una exquisita construcción al contar con una
actitud bastante pesimista ante la vida en la que nada lo satisface, pero que
al mismo tiempo parece conformarse con cualquier cosa (lo que podría justificar
lo primero), y vivir su día a día sin mucha planificación, pues sabe cómo
terminará todo: mal. Lo mismo ocurre con todos los otros personajes que
complementan la historia con nuevas subtramas que recargan aún más esa
reflexión sobre la incertidumbre que acompaña al ser humano a través de su
existencia. Otro aspecto imprescindible de cualquier obra del señor Allen es
cómo el amor atraviesa cualquiera de estas reflexiones de la condición humana,
en las ocasiones en las que éste no es el centro de atención, lo que en esta
película podría ser tratado como un elemento del tema central y que sin
embargo, es un tanto opacado por la trascendencia en el tono universal en
términos de perspectiva, que toma la película.
La estructura narrativa,
como es normal en Woody, no tiene defecto alguno. Todas las situaciones están
elaboradas ya sea para subrayar la idea planteada desde el principio o (y
acompañadas de unos diálogos inteligentes y amenos) generar un humor muy bien
elaborado que cuenta con un sarcasmo muy directo que terminan de engrandecer la
fuerza con la que dice las cosas esta historia. Algo que realmente hace de esta
película una experiencia poco repetitiva es la manera en la que el
director/guionista hace de esta historia algo más personal para un público
universal. La inclusión directa y literal del espectador en las experiencias
narradas por el protagonista, el rompimiento sin anestesia de la denominada en
teatro cuarta pared (límite entre lo que sucede en el escenario y lo que
acontece al público testigo), sin duda termina de resaltar aún más ese carácter
contemporáneo del que goza la película.
A medida que se desarrolla
el personaje principal a través del argumento, se empiezan a ver reflejados en
el resto de personajes que de alguna manera, son catapultados a la historia por
todos los nexos que existen entre ellos mismos, es decir, su inclusión en la
historia no es gratuita ni innecesaria, todos esos aspectos pesimistas y
reveladores que se contagian de Boris, el personaje principal y aquí entra en
juego otro de los elementos ciertamente recurrentes en la obra de Allen, que es
ese misterio sin resolver que rodea muchos aspectos de la historia y que le
agrega aún más humor y dinamismo al film. En este caso es el hecho de que sin
razón alguna, los padres de Melody la hayan encontrado en la gran ciudad de
Nueva York y a partir de allí, se haya dado una metamorfosis total en las vidas
de estas personas, las cuales están muy bien caracterizadas en sus facetas
conservadores provenientes del sur de los Estados Unidos, donde esta conducta
es bastante generalizada.
Una reflexión sobre la vida
misma y el cómo enfrentarla, encarnada en personajes sólidos y un argumentos
dinámico y efectivo que toma los diferentes puntos de vista: el veterano y el
joven, y de alguna manera le da un aliento de esperanza a ambas partes para no
perder la ilusión en un optimismo por la vida y como lo ilustra su personaje
principal, sólo basta con voltear la página del periódico matutino y seguir
comiendo los huevos del desayuno y nunca esperar nada de nadie ni de ningún
acontecimiento, sino estar abierto a que cualquier cosa puede llegar a
funcionar.
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