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domingo, 2 de febrero de 2014

“Inside Llewyn Davis” La epopeya del día a día.

El mundo, a través de su historia, ha necesitado constantemente de héroes. Individuos con personalidades audaces y poder de convencimiento que transformen la historia y muevan masas que puedan cambiar la sociedad. Desde las narraciones más mitológicas hasta los ámbitos políticos, el héroe siempre ha sido una figura de admirar: intachable en sus maneras y un ejemplo a seguir en cualquier ámbito. Pero hay otra clase de héroes que la historia (y la sociedad) ha elegido no mirar. Son esos héroes de lo cotidiano que con sus pequeñas acciones pueden transformar, si bien no el rumbo de la sociedad, sí todo el universo particular de cualquier persona, los que toman lugar en esta nueva entrega de los Coen. Llewyn Davis, un errante músico al que la suerte constantemente le da la espalda, es más bien un antihéroe que se enfrenta ante sus propios vicios, desafortunados acontecimientos y decisiones para que en un viaje tanto físico como emocional, pueda encontrar el verdadero rumbo de su vida y casi que el sentido de la misma.

Las grandes obras de arte lo son porque hablan de la universalidad de la condición humana; Inside Llewyn Davis no toma esa universalidad del hombre común sino que elige la marginalidad de ese hombre que no es tan común. Uno que ha tomado el camino que se aleja de la pura y mera existencia fácil para atreverse a vivir al límite por su arte y así, con un pasado turbulento, oscuro y misterioso, que apenas sí se logra desvelar a lo largo de la trama y que le sigue atormentando a cada paso junto con su guitarra a cuestas, este desafortunado viajero emprende una búsqueda incesante y poco clara para encontrar su propio norte.

No sólo la sociedad está en su contra, desde el aspecto sombrío y sólo a veces iluminado de la película, se siente como si ese inhóspito invierno que golpea ciudades como Nueva York también quisiera hacérsela más difícil a este desamparado músico, mientras revolotea de un apartamento a otro, de un sofá a otro, con la única ambición de querer sobrevivir un día más, pagar sus cuentas y lograr una distribución discográfica importante de su ahora trabajo como solista. La música es todo lo que es y como lo deja más que claro en uno estallido emocional durante una cena casual, no es sólo vacío entretenimiento para un público distraído. Con este candente deseo, Llewyn se ve todo el tiempo impulsado a llegar hasta el final por conseguir estabilidad en el difícil camino de la industria musical.

Con una motivación clara, constante e inmutable a lo largo de toda la película, Llewyn emprende su propia odisea, tropezando todo el tiempo con sus propios errores, ya sean lo cometidos en ese oscuro pasado que sigue atormentando su presente o con las pequeñas decisiones y desafortunadas circunstancias que entorpecen su camino. Un camino que parece no llevarlo a ningún lado, rodeado de puertas cerradas, furias contenidas, y golpizas misteriosas en callejones sombríos.

Con personajes pintorescos, decorados muy icónicos y un humor muy sarcástico ya característico del universo de los Coen, esta historia sigue el patético e íntimo devenir de un soñador incansable y atormentado. Una epopeya que como con Ulises, pone al héroe ante los sufrimientos más grandes para que regrese al hogar al que siempre ha pertenecido, pero no un regreso gratuito y sin sentido, sino lleno de una claridad pagada con dolor. Una materialización de ese viaje perpetuo y circular que emprendemos muchos en la vida para encontrarle sentido, y con un final bastante impactante pero sumamente claro y sorpresivo, se cierra una historia de rechazos, pero con la satisfacción de haber encontrado respuestas. Tal vez no a las preguntas trascendentales que puedan guiar o dilucidar un mejor futuro en el cual habitar, pero sí, tanto para el espectador como para el mismo protagonista, una visión más clara de la vida. ¿Que si es útil o no? Sólo el tiempo, las equivocaciones y los aciertos se encargarán de decirlo.

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