Seguramente
se despertaría esa última mañana en Siria en una cama pequeña como él, arropado
y protegido del polvo del desierto, ocultando su cabeza para que el eco de las
balas o las explosiones no le llegue. Papá alista todo para el viaje. Mamá lo
despierta, a él y Galip, y los viste lo más rápido posible para salir del
pueblo sin que los enviados del califa se percaten de la huida. Galip ya es
grande, incluso sabe cómo amarrarse los cordones, pero él no. Aún necesita
sucumbir ante esa minúscula oscuridad que se cierne sobre sus ojos cuando mamá
le pasa la camisa por la cabeza y se la desenvuelve sobre el pecho. Mamá sabe
que el rojo le queda bien y hoy, siendo un día importante, debe usar ese color.
Quizás les traiga suerte porque parece ser que la voluntad de dios no es
suficiente.
Todos
están listos. Una camioneta los recoge junto con muchos otros que, como ellos,
pretenden desvanecerse de esta infernal caja de arena cercada por los que los
protegen de los infieles. La camioneta está llena, de milagro logran acomodarse
y arrancan camino a la playa.
Él
descansa en los brazos de su madre, aún es temprano y aunque lo despertaron
para salir de su cama, su cuerpo se acomoda donde sea y se queda dormido. Un
ruido punzante lo saca de su sueño. Son los gritos desesperados de todos los de
la camioneta que se apresuran a ocupar el lugar más seguro en la barca y salen
corriendo por la playa casi con la euforia de alguien que ve por primera vez el
mar. Es grande, se ve fuerte y tiene motor, esto los tranquiliza a todos. Ellos
no están eufóricos. Su encuentro con la playa, así sea el primero, no está para
meter los pies entre la arena o hacer pequeños castillos. Está para huir. Dejar
sus vidas sin mirar atrás y arrojarse a la incertidumbre en la tierra de los
blancos cristianos que tanto detestan los armados con la cara oculta.
La
lancha ha arrancado y deja un rastro de espuma sobre el agua que se difumina
mientras avanza. Galip y él están custodiados por sus padres. Todos se miran,
miran al que conduce, miran a la tierra que dejan y luego hacia el frente: una
amplia pantalla gris y azul separada en la mitad por una delgada línea negra.
Luego aparece otra lancha que viene hacia ellos. Todo ocurre tan rápido que los
niños sólo sienten los brazos de sus padres levantándolos para sacarlos de la
lancha y dejarlos en una isla cercana a la que han sido arrastrados. La
camiseta roja se le arruga mientras se aprisiona contra el pecho de su madre y
sus pequeñas pantorrillas cuelgan desde el antebrazo de ella.
Ya
se ha ido la autoridad, vuelve a reinar la incertidumbre. No es la primera vez
que esto pasa y el conductor de la lancha lo tiene todo previsto. De algún lugar
que nadie logró comprender, ha sacado otro bote igual de grande, lo arrastra
por la superficie árida y rocosa de la isla y lo tiende sobre la playa. Mientras
la marea lo empieza a jalar, todos los que huyen se apresuran a montarse sin
pensarlo. Galip corre mientras papá lo sostiene de la mano mientras él es
levantado en brazos por su madre. Se aferra fuertemente y ella posa la palma de
su mano cubriéndole casi toda la espalda. Una vez ahí, la lancha sube y baja
hasta con la más mínima ondulación del mar. Llevan varios metros recorridos,
nadie podría contarlos, cuando los mantos que cubren los cuerpos de las mujeres
empiezan a hacerse pesados: las puntas se están mojando y hasta flotan en
charcos de agua. Los pies, las medias los zapatos de todos están encharcados.
Su
hermano es fuerte. Es más grande que él y sabe que si él está tranquilo, todo
estará bien. Pero ya lo ha dejado de ver. Lo último que supo fue el agua que
los embistió y los arrojó al mar. Se había despegado de los brazos de mamá,
pero la mano fuerte de papá lo seguía sosteniendo. La sal se metió por entre
sus dedos y ya no la pudo sentir más. Galip no está por ningún lado, no sabe
cómo ser fuerte, no tiene a su hermano para imitar. La camiseta roja se expande
y contrae con violencia mientras sus pulmones se llenan de agua, sus ojos se
enrojecen y sus dedos se arrugan.
Una
playa oscura lo recibe boca abajo y la camiseta roja que le queda también se le
ha aferrado al torso. Ya no habrá nadie que lo veo y le diga lo bien que se ve.
La camiseta ni siquiera es roja ya. Se ha oscurecido por el mar y por el alma
que ha abandonado su cuerpo para tal vez encontrarse con el profeta o lo que es
más seguro, para dejar de existir.
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