Un
dibujo bocetado por varias líneas abstractas y que aún así se entiende
perfectamente: un figura humana aplastada y destrozada completamente por una
gran roca; de la roca una flecha que señala la palabra “pasado”. En esta imagen
que toma lugar en alguna parte del film, queda sintetizada la idea que se
plasma en esta excepcional e íntima película cargada de una narrativa poco
convencional que le apuesta al monólogo interno del personaje, una reflexión
personal con trascendencia universal y cierta originalidad en varias secuencias
del argumento.
El
miedo de volver a empezar, de voltear la página, de seguir adelante sabiendo
que seguiremos encadenados, inevitablemente, al pasado turbulento y ambiguo del
que nunca nos podremos desprender; todo esto es presentado de manera magistral
en “Biginners”, una película que recurre a la utilización de fotografías
literales para ilustrar de una manera más dinámica y sin seguir los
convencionalismos narrativos del cine tradicional, los pensamientos del
personaje principal que debate toda su existencia y la relaciona con todo lo
que hay detrás de sí y también detrás de los demás.
Esta
película se mueve principalmente en un solo tiempo, pues aunque hay una alta
recurrencia a los diferentes flashbacks, su intención no es desarrollar una
subtrama paralela al tiempo principal de la película, sino hacer énfasis en
esos aspectos definitorios del presente del personaje y a su vez, explicarlos. Cabe
resaltar lo bien planteado que está todo el argumento en general y ese toque de
originalidad e irreverencia con el que cargan muchas de las secuencias; los
diálogos constantes entre Oliver y Arthur, el perro que perteneció alguna vez a
su fallecido padre y que expresa directamente ese nexo que se mantiene durante
toda la historia, entre Oliver y su padre, y en general con todo su pasado.
En general,
ésta es una película que enfatiza enormemente en esa relación irrompible que se
teje entre el presente y el pasado y ese afán que se tiene por tratar de
parecerse lo menos posible a los padres o por lo menos de no cometer los mismos
errores. Mantiene un ritmo muy constante, una fotografía simple y unos
personajes muy bien construidos que guían la historia a través de situaciones
de alta significancia que dotan al relato de un alto contenido reflexivo no
sólo del asunto del pasado, sino que siguiendo esa misma estructuración de personajes,
la revelación de la homosexualidad del padre, todo su dilema interno y la farsa
que termina siendo toda su vida matrimonial y familiar, hacen que cada una de
las situaciones que acontece Oliver, sean más significativas: su relación
amorosa, principalmente, y el papel fundamental e indispensable que tiene
Arthur, el perro, en cada momento de su vida como ese único recuerdo palpable
que tiene de su padre.
Una
historia bastante conmovedora e innovadora en algunos aspectos, que cuenta con
actuaciones si bien pasivas pues las cargas emocionales no son tan explícitas,
resaltan de una manera que acercan más al espectador a la historia dada su
naturalidad y verosimilitud en las mismas. Una mirada íntima con trascendencia
universal sobre el sentido de la vida y la relación de la misma con ese
trasfondo imborrable que es nuestro pasado y un guiño de esperanza a esa
incertidumbre y locura con la que a veces hay que enfrentar el futuro sin
tratar de medir o preconcebir cada acto que hacemos o cada relevancia que pueda
tener ese acto en nuestro presente, a partir del pasado que pueda o no afectar
la vida misma.
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