Una vez más nos encontramos frente a otro homenaje hecho al cine a través de sí mismo. La exposición de uno de los acontecimientos que revolucionaron por completo el escenario cinematográfico mundial y cambiaron totalmente la manera de hacerlo, percibirlo y analizarlo. Sin embargo, ésta no es sólo una historia sobre el cine, pues éste es únicamente el telón de fondo que soporta las acciones, conflictos y eventos que rodean a los personajes. Una mirada al pasado con un tema que no tiene época y un guiño a esa nostalgia de la cual nos seguimos alimentando cada día y suspiramos con ingenuidad sobre lo que nunca se vivió; eso es “The Artist”. Una película arriesgada en su forma pero que agrada desde el comienzo de la mano de una narración sólida, directa, y una puesta en escena ejemplar.
El cine no sería sino un espectáculo vacío y egocéntrico sino contara con aquéllos que hacen de él una ciencia que requiera análisis y estudio, un fenómeno cultural y social que impacta fuertemente en el imaginario común y un arte que genere debate desde su forma y su manera de presentarse ante el público provocando una única experiencia estética. Películas como “Hollywood Ending” del inigualable Woody Allen, o la que parece ser uno de los mayores referentes de esta película, “Singing in the Rain”, han criticado y mostrado respectivamente, ese asunto del cine desde sus entrañas: cómo es elaborado y los altibajos que se enfrentan durante su proceso de creación, pero también, como sucede esta vez, exponen toda la problemática y el revuelo que fue la migración total del cine tradicional silente a la nueva revolución sonora, pero no como un evento coyuntural masivo, sino desde la perspectiva de uno de sus protagonistas que sufre las adversidades sembradas en un alto orgullo, que lo llevaron a una alta depresión y conflicto interno.
Esta película cuenta con una historia y personajes muy bien estructurados y desarrollados. La presentación del contexto junto con el protagonista se dan de manera simultánea y los conflictos internos con repercusiones externas que sufre George, el actor protagonista, son hábilmente enmarcados con una puesta en escena que se impregna de esas dos maneras de hacer cine: la contemporánea heredada de más de un siglo de desarrollo cinematográfico y la teatralidad y toque histriónico de las interpretaciones que requería el tono y la estética de la película.
Ya que esta película tenía como objetivo regresar a esas primeras bases de la narrativa cinematográfica y quería ser fiel a esta estética, dada la falta de diálogos, todas esas emociones recaen en el elemento musical que acompaña casi la totalidad de las secuencias que la componen. Una cinematografía muy simbólica, como lo era antes, y no sólo para registrar las acciones, sino para cargar de significado esos espacios y la interacción de los personajes con los mismos, es uno de los aspectos que más resaltan en esta obra; sobre todo en los momentos de soledad y reflexión que atraviesa el protagonista. Debates internos que trascienden hacia esas metáforas visuales que descansan en composiciones fílmicas bastante innovadoras que ponen al descubierto todos esos sentimientos que transitan dentro del héroe de la historia, exaltando aún más el valor de la imagen y cómo esta se sobrepone enormemente, y con una impecable dirección, sobre los diálogos que muchas veces sólo entorpecen y dejan a la imagen mal parada en un arte que hace constantemente de la imagen en movimiento algo más elaborado y significativo.
Un mensaje contundente y directo es lo que se nos presenta a través de la vida de su protagonista. Sencillo y en cierta medida nada novedoso pero es, sin duda, todo lo que lo rodea: ese “clasicismo” mismo de esta obra junto con interpretaciones efectivas que encarnan y comunican todo sin necesidad del lenguaje de las palabras, lo que hace de esta historia una memorable. La exposición permanente del mundo del cine y en esa escena final que se resume todo la paradoja entre sonido y silencio adornan aún más este film.
Una historia sólida, con personajes secundarios que complementan muy bien el crecimiento del protagonista y su lucha contra el sistema y contra sí mismo, es la que se disfruta en esta mirada por el retrovisor hacia esas primeras visiones que el cine exploraba para encarnar los dramas humanos y presentarlos de forma masiva en el arte del siglo XX. Decorados y vestuarios muy bien logrados que definitivamente le hicieron justicia a este romanticismo egocéntrico con el que se lidia en este relato y que conmueve con diferentes acontecimientos a un espectador acostumbrado tanto a la artificialidad del cine contemporáneo tan polarizado entre lo comercial y lo artístico; pues un tanto al igual que su protagonista, esta película se niega a seguir por la misma senda popular y artificial de una gran parte del cine moderno, y se mantiene fiel a sus instintos, aunque es obvio que el desenlace en este relato único tiene otro tipo de recompensas al sentimiento simple y muy tratado en el cine de superar el orgullo.
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