Perdido
vive el hombre en su cotidianidad. Cada decisión que toma es un dado tirado que
definirá su suerte. Cada acontecimiento que condiciona su comportamiento, es la
carta que le dirá si arriesgarlo todo o retirarse con poco o nada. Dentro de
esta lógica y haciendo referencia directa al juego de azar que es la vida, se
mueve “Póker”, una muy buena apuesta del cine nacional que apela por una
historia universal encarnada en personajes conflictivos y un tratamiento
bastante vertiginoso y de alto ritmo narrativo.
Esta
historia se desarrolla dentro de una estructura narrativa fragmentada y aunque
se recurra a la fórmula de empezar el relato con el clímax, no genera la
expectativa facilista de enganchar al espectador para mantener el suspenso
hasta llegar a esta parte, sino que la historia misma cuenta con momentos
propios de alta tensión y relevancia narrativa, que el impacto que genera esta
primera secuencia se mimetiza con la intensidad emocional con la que cuenta la
película. En esta historia no se toma por separado a ninguno de los cuatro
personajes principales del argumento como centro de la misma, sino que hace
énfasis en cada una de sus vidas para ilustrar los diferentes puntos de vista y
lo variable que puede ser el resultado o las consecuencias de jugar con la
suerte o el “destino”. El paralelo que se hace entre el espacio que los acoge
en la mayoría del argumento (la mesa de póker) y en sí sus experiencias
individuales, le da un toque más personal y reflexivo al asunto que está
expuesto en la historia y también logra un dinamismo muy bien logrado al
momento de contar la historia, pues no es una película tediosa o narrativamente
lenta ya que, siguiendo la estética y la tensión que maneja el juego del póker,
decide mostrar y presentar la información por partes, desde diferentes ángulos
y, como lo permite cualquier juego de azar, ocultar la información y revelarla
en el momento justo y decisivo y apelar a la sorpresa con los giros y las
reacciones de los personajes. Sin embargo uno de los desaciertos con los que
lidia el guión de este film es la llamada “enfermedad retórica”: la tendencia
de los personajes a decir, a través de los diálogos, lo que se está mostrando
en imágenes; pues si bien en la conducta de un jugador de póker y en lo que
demanda este ambiente se tiende a decir lo mismo que se expresa con las meras
actitudes, esa característica propia del juego, se esparce a otras situaciones
del argumento, lo que debilita un poco la carga narrativa y el impacto mismo de
la historia.
Al
tener un ritmo narrativo tan acelerado y una estructura fragmentada, la
fotografía que enmarca todo esto tiene que seguir la misma estética, lo cual se
cumple a cabalidad y se combina con diferentes movimientos de cámara de
descripción espacial que al mismo tiempo generan tensión y complementan las
actuaciones, e imágenes movidas con cámara al hombro que definen los momentos
tensionantes de la historia que cuenta a su vez con una apariencia más bien
oscura y contrastada.
La
construcción misma de los personajes también expresa ese contraste que muestra
la concepción visual, pues se toman a personajes muy opuestos entre sí, con
problemas bastante significativos y motivaciones bien establecidas que se
acogen a la psicología que se desplega y logra presentársele al espectador
durante todo el argumento. Todas estas diferencias ayudan a incrementar más el
conflicto que trasciende el ámbito de una simple y cotidiana partida de póker
sino que a eso se le suma todo un trasfondo que, como lo ya mencionado, es
expuesto de una manera fragmentada que se intercala y complementa con lo que
pasa en “tiempo real” que es la partida de póker en la que literalmente se está
jugando el todo por el todo.
En
conclusión, ésta es una historia netamente universal que reflexiona de manera
directa y con una mirada personal de su director y guionista Juan Sebastián
Valencia, sobre esa insignificancia que caracteriza al hombre ante la
incertidumbre de su destino y lo muestra, de manera magistral y en contraparte
con el argumento central del film hasta en los personajes que parecieran menos
relevantes de la historia, cómo una simple decisión de entregar o no una
billetera o un simple giro del destino podría darle un abrupto golpe a nuestras
vidas y que no importa lo que se haga, siempre se estará totalmente indefenso
ante ese asesino con vendas en los ojos que es el azar.
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